Para ganar una batalla tienes que ir a por ella: Felipe Calderón

Entrevista de Javier Moreno publicada en El País.

1 LOS MUERTOS.

Fue un día en Los Pinos, la residencia oficial del presidente de México, muy al principio de su mandato, cuando Felipe Calderón mantuvo la siguiente conversación con uno de los 30 gobernadores del país:

-Oiga presidente, por favor, ayúdeme a sacar a los criminales que están metidísimos en mi Estado.

-Mira gobernador, te lo digo con afecto y con respeto. Un día tú dejas entrar a tres muchachos a la cochera de tu casa, y le dices a tu esposa: mira, me han dicho que se van a portar divinamente, van a bolear algunos zapatos de la cuadra, no se van a meter. Luego pasa el tiempo, y te le encuentras a uno de ellos abriéndote el refrigerador, comiéndose el sándwich que te venías antojando desde que saliste de tu oficina, y dice, perdón, buenas noches. Y luego te lo encuentras justo un día que estás cansado y te quieres echar un baño, en la bañera. Ah perdón, no quise interrumpir. Y un buen día que ya te lo encontraste con tu ropa y en tu recámara, ya no lo cuentes más. Vienes y me dices: oye, por favor, ayúdame a sacarlo. ¿No te parece que es un poco tarde?

Mientras escucho a Calderón relatar la anécdota, a la que no le ahorra un punto de negro sarcasmo, no puedo dejar de recordar que la última vez que le entrevisté en Madrid, con ocasión de una visita oficial en 2008, la cifra de muertos por la violencia de las bandas criminales asociadas al narcotráfico rondaba los 4.000. Llevaba él dos años al frente del Gobierno. Ahora van ya más de 30.000, y su progresión es geométrica: el año pasado fueron el doble que el anterior, y el triple que el ejercicio precedente.

¿Qué significan 30.000 muertos para una sociedad democrática y moderna como el México del siglo XXI? ¿Cómo aprehender la tragedia en términos puramente humanos? Camus explica en La Peste que la única forma de hacerse una idea cabal, de no dejarse degradar por la inhumanidad de las estadísticas, consistiría en arrastrar los cadáveres víctimas de la plaga, la gran metáfora de la violencia del siglo pasado, a una playa cercana a Orán, colocarlos en un único túmulo y recubrirlo con los rostros de conocidos y amigos.

No me cabe duda de que a Calderón le incomoda el asunto, y uno puede entender la razón. Declaró una lucha sin cuartel contra los criminales nada más tomar posesión, convirtió la batalla contra los narcotraficantes en la prioridad de su gobierno y hoy, entrando ya en la fase final de su mandato, los resultados todavía no reflejan el esfuerzo realizado, los ciudadanos se han hartado de las balaceras, de los decapitados, de los muertos sin sentido, de la sensación de inseguridad en algunas ciudades, del estado de angustia permanente.

La diplomacia mexicana se topa con dificultades para explicar en el resto del mundo que se trata de un fenómeno limitado geográficamente a determinadas zonas del país, cuyo territorio en general resulta más seguro que muchos otros en América Latina. Los críticos le acusan de haber metido al país en un avispero sin medir sus fuerzas, sin conocer bien al enemigo ni calibrar las consecuencias. Los abusos y las violaciones de los derechos humanos y las garantías constitucionales menudean. Dos excelentes estudiantes del Tecnológico de Monterrey, probablemente la mejor y más avanzada universidad del país, cayeron abatidos por error el año pasado a manos del Ejército, que luego trató de hacerlos pasar por narcotraficantes.

Y finalmente, el presidente comienza a intuir que el juicio último de los ciudadanos sobre la guerra contra el narco determinará su posición en la historia como presidente de México, independientemente de sus otros logros, que no son pocos: una recuperación económica brillante después de la crisis financiera global, una consolidación de la imagen de estabilidad económica de México en los mercados internacionales, avances notables en sanidad, educación y en general, en la mayoría de indicadores sociales, pese a la enorme desigualdad social que aún lastra el país.

Todas esas razones hacen de la violencia un asunto espinoso para el presidente. Calderón, sin embargo, no rehúye la discusión. Justo al contrario: se extiende de forma deliberada en las respuestas sin alterarse en ningún momento, y ofrece una explicación sentida y exhaustiva a todas mis cuestiones. De alguna manera, siente que la razón de la historia se encuentra de su lado. Y lo que sigue constituye probablemente el relato más honesto que yo haya escuchado en público de un alto cargo mexicano sobre la responsabilidad del Estado, actual o pasada, en la extensión de la violencia. Un discurso inaudito en muchos aspectos, especialmente en labios del presidente de la República.

Estamos sentados en la biblioteca situada junto a su despacho, en su residencia oficial en Ciudad de México, conocida como Los Pinos, donde se celebró esta entrevista el lunes de la semana pasada. La biblioteca, espaciosa y solemne, con elevadas paredes recubiertas de anaqueles de maderas de calidad, también tiene nombre. Se llama biblioteca José Vasconcelos, en memoria del político mexicano del siglo pasado al que se venera como el gran impulsor de la educación pública en el país, y contiene mayormente libros personales de Calderón, abogado de formación, que este consulta con frecuencia.

¿Por qué decide el presidente, nada más asumir el poder, el 1 de diciembre de 2006, centrarse en el combate a la violencia organizada? ¿Qué elementos le llevan a apretar el detonador que, cuatro años y pico después ha dejado un rastro inabarcable de muertos, una orgía de violencia a la que no se atisba fin? He leído declaraciones suyas, le digo, en las que sugiere que recibió advertencias antes de tomar la decisión, recomendaciones de “ahí no te metas”, alusiones a chantajes, menciones a supuestas traiciones. Le pido al presidente, pues, que aclare esas alusiones veladas. ¿Hubo parte de su equipo, o del Gobierno, o de la Administración que le sugiriese, que le incitase a no afrontar esta batalla de la manera en que lo hizo?

-No, de mi Administración no.

-¿Y de Administraciones anteriores?

-Prefiero dejarlo así.

-Presidente, yo entiendo que la pregunta sobre si el Gobierno del presidente Vicente Fox

[su antecesor en el cargo y de su mismo partido, el PAN] hizo lo suficiente o no, no es cómoda, entre otras cosas, porque…

-La pregunta es bastante buena y cómoda, la que es incómoda es la respuesta.

Por un instante, el silencio parece inundar la biblioteca José Vasconcelos. Se alcanza a distinguir por primera vez el ligerísimo zumbido del aire acondicionado. Luego el presidente continúa su relato, sin aspaviento alguno.

-El hecho es que cuando yo llego a la presidencia me doy cuenta del enorme poder que han adquirido los criminales, y también entiendo que una parte medular del poder que adquirieron fue por omisión. O por asumir que puede haber cierto tipo de entendimiento con ellos. El problema es que en los lugares donde imperaba esa cultura es donde no solo más avanzaron, sino también donde resultan más violentos. Usted puede examinar y las cifras de mayor tasa de homicidios y delitos en México están en Chihuahua, en Tamaulipas y en Sinaloa, por lo menos en 2010. Estoy convencido de que de haber actuado antes el Gobierno como tal en todos los frentes, no solo combatiendo a los criminales sino reconstruyendo sus instituciones, revisando las policías, aplicando las pruebas de control de confianza o creando unidades especiales para delitos específicos como el secuestro hace rato que este problema se hubiera resuelto, o no hubiera alcanzado la magnitud que ha alcanzado.

-¿Existe alguna posibilidad de que México acabe siendo un Estado fallido?

-Pues por ahora no, afortunadamente. Cuando salió este tema nos hizo muchísimo daño. Muchos medios de comunicación, muchos, lo retomaron y eso dibujó a México como un Estado al borde de la catástrofe, que no tenía futuro.

-El origen fue un informe oficial de Estados Unidos

[del Pentágono, publicado el 25 de noviembre de 2008].

-Sí, que fue muy irresponsable y eso causó un daño brutal. Yo veo ahora el mundo y pregunto dónde están los que dijeron que México era un Estado fallido. Veo lo que está ocurriendo en Egipto, veo lo que está ocurriendo en todo el Norte de África, veo lo que está ocurriendo en Asia, veo lo que está ocurriendo en África, veo lo que está ocurriendo hace mucho tiempo en Somalia, veo lo que está ocurriendo en algunos de nuestros países de América Latina. En este país todos los días van a la escuela 36 millones de alumnos, puntualmente. El país funciona. Tenemos poderes muy fuertes separados, independientes: el Ejecutivo, el Legislativo, el Judicial. Es un país que tiene elecciones regulares. Se gana y se pierde; se debate muy fuerte, no se persigue a la prensa. Hay absoluta libertad de publicar, de presentar todos los temas en un ambiente de libertad sin precedentes en México. Es un país que funciona y que incluso en el tema más grave que tiene, que es el de la delincuencia, se le enfrenta, se le golpea severamente y a la vez se construyen instituciones. La verdad es que México está realmente muy, muy lejos de ello.

-¿Es posible que alguien en la política albergue la tentación de llegar a algún tipo de pacto de coexistencia con los criminales? Antes o después de las próximas elecciones.

-Ha salido recientemente. Hay unas declaraciones de algún exgobernador. No me preocuparon mucho, porque se desmintieron. Pero sí hay esa tesitura. Sí, la cultura política en México antes preveía que la solución era arreglarse con los criminales y ya. Cosas que encajan en la vieja cultura política donde la corrupción era un engranaje modular. Entonces el acuerdo era, mira yo no te veo porque ese es un asunto federal…. tú no me ves, todos contentos. No me meto contigo, tú no te metes conmigo y se acabó. Suponiendo sin conceder, como dicen, que eso fuera cierto, ya no tiene sentido. Eso se acabó. Porque yo no sé si funcionaba cuando ellos se dedicaban a pasar rápido y ya. Pero arreglarse con ellos, el arreglo solo consigue que les dejes las llaves del pueblo que tú gobiernas, del municipio del que tú eres alcalde, del Estado en el que tú eres gobernador, o del país del que tú eres presidente, y decirle, bueno, si tú quieres el control territorial de esto te lo dejo. ¿Cuál puede ser el arreglo conveniente? El día que quieras detenerlos, cuando están metidos en la vida de todos, no los puedes detener, ya no. Y aunque todo el mundo dice rechazar esa cultura de transa y de corrupción, mi temor es que sí hay una tentación en algunas partes porque esa cultura prevalezca. El único arreglo posible entonces sería un presidente que dé las llaves a los criminales y les diga mira, haz exactamente lo que quieras, pero con ciertos límites.

2 EE UU. “LA IGNORANCIA DEL SEÑOR…”

El desenlace fue rápido, pero doloroso. El sábado pasado, el Departamento de Estado dio a conocer una escueta nota sobre México titulada simplemente Ambassador Pascual. En ella se daba cuenta de que su embajador en la capital mexicana, Carlos Pascual, presentaba su dimisión apenas año y medio después de tomar posesión.

El presidente Obama lamentaba la decisión. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, agradecía los esfuerzos del diplomático en su breve mandato e informaba de que seguiría en su puesto hasta encontrarle un sustituto, lo que daba idea de la premura con la que se tomó la medida. La nota evitaba cualquier explicación de la verdadera razón de un desarrollo inaudito en las relaciones mexicano-estadounidenses: es la primera vez que un embajador presenta su dimisión. Al menos, nadie en México recuerda un desenlace semejante. No hay relación más importante para México que la de Estados Unidos. No hay embajador con más influencia en el país que el estadounidense.

Lo cierto es que Calderón y Pascual no se dirigían la palabra y que todos los intentos del diplomático por restablecer una relación normal de trabajo habían fracasado desde que estallase la crisis el 2 de diciembre pasado. Ese día, EL PAÍS publicó una información firmada por el corresponsal en México, Pablo Ordaz, en la que se daba cuenta de un cable de WikiLeaks con opiniones devastadoras del embajador Pascual sobre el Ejército mexicano, sobre sus capacidades para la lucha contra el narcotráfico y sobre la supuesta descoordinación de las instituciones mexicanas. La embajada aseguraba, según el despacho secreto, que los militares mexicanos actúan con lentitud y tienen aversión al riesgo.

Calderón montó en cólera y no se molestó en ocultarlo. Es más, se ocupó de que su malestar con Pascual resonase alto y claro en Washington. La estrategia comenzó con una entrevista al diario El Universal, en la que declaró: “Yo al embajador estadounidense no tengo por qué decirle cuántas veces me reúno con el gabinete de seguridad ni qué digo; la verdad es que no es un asunto de su incumbencia. No acepto ni tolero ningún tipo de intervención. Pero la ignorancia del señor se traduce en una distorsión de lo que ocurre en México y se cae en una afectación y una molestia en nuestro propio equipo”.

Y prosiguió en Washington, donde en una reunión con la dirección del diario estadounidense The Washington Post afirmó sobre el polémico cable: “Es difícil, cuando ves el coraje del Ejército. Por ejemplo, ellos han perdido probablemente 300 soldados… y de pronto alguien en la embajada americana dice que no son lo suficientemente valientes”.

El día que se celebró esta entrevista, el embajador no había dimitido todavía. Pero buen conocedor de los delicados mecanismos que regulan las relaciones entre ambos países, resulta más que probable que Calderón ya supiese que la presión que había ejercido era más que suficiente.

-¿Se habla usted con el embajador Carlos Pascual?

-Generalmente, el trato con los embajadores lo lleva la Cancillería, salvo algunos casos excepcionales.

Se trata de la primera vez, en toda la conversación, en la que Calderón se muestra abiertamente incómodo. Piensa varios segundos antes de responder, se revuelve en su asiento, se echa para atrás, levanta el brazo.

-Lo digo porque usted le ha llamado ignorante. Yo tengo dudas de que un embajador pueda seguir en su cargo cuando el presidente del país le califica públicamente de ignorante.

-En ese tema ya he dicho todo lo que he tenido que decir y para mí es muy importante la relación con Estados Unidos y es una relación muy compleja y mucho más amplia que el tema relativo a las personas.

-Es innegable que las críticas del embajador sobre la lentitud y la aversión al riesgo del Ejército en la lucha contra la violencia y la descoordinación de los organismos en México encargados de la lucha contra la violencia causaron mucho malestar aquí.

-Hay muchas cosas, pero insisto, para mí es un tema en el que está ya señalado lo que debía señalar.

Efectivamente, eso era lo fundamental. El embajador dimitía cinco días después. El presidente continúa su relato.

-Y sí quiero reiterar, primero, claro que el Ejército mexicano es un Ejército valiente, un Ejército popular, un Ejército leal y un Ejército eficaz, en general las Fuerzas Armadas, la Marina también y ahora la Policía Federal; y segundo que una de las grandes aportaciones que ha tenido esta etapa tan dura es que hemos construido una institucionalidad a nivel federal de una coordinación me atrevo a decir sin precedentes. Yo doy seguimiento personal cada semana en reuniones del gabinete de seguridad y diariamente me reúno por lo menos una o dos horas con algunos de los miembros del Gabinete para abordar los temas y eso ha contribuido a generar una coordinación que a la vez se traduce en resultados cada vez más eficaces.

El fiasco Pascual, sin embargo, constituye con toda probabilidad tan solo la muestra más visible de una relación que no ha acabado de funcionar bien desde el principio. La llegada de la Administración Obama supuso unos meses iniciales de dificultad para establecer una relación de trabajo, con el interés del nuevo presidente centrado sobre todo en Oriente Medio y Asia.

El tirón de la demanda de droga no cede, el tráfico de armas desde el sur de Estados Unidos hacia México se incrementa y los pactos que Calderón firmó con el presidente George Bush, denominados Plan Mérida, con los que el mexicano contaba para sostener la batalla que inició con su mandato se retrasan continuamente por asuntos administrativos.

-Usted insiste en sus discursos en que Estados Unidos debería antes que nada atajar su consumo. ¿Por qué lo plantea como algo crucial, si sabe que no va a suceder?

-Porque sí se requieren políticas públicas que desalienten e inhiban el uso de drogas como una parte de una solución completa, integral, holística, como se dice de repente, convergente como dicen los americanos. Es una parte que no puedes olvidar. Segundo, otra cosa muy importante que hemos platicado el presidente Obama y yo en mi reciente visita a Washington es el tema de armas.

-Pero la venta y tráfico de armas de Estados Unidos hacia México no solo no baja, sino que está aumentando. Y usted ha declarado que Estados Unidos no coopera lo suficiente a nivel institucional.

-Bueno, vamos por partes. Ciertamente a mí desde niño me dijeron que nunca iba a ganar el PAN y eso no fue cierto; y también cuando fui candidato, me dijeron nunca vas a ganar, y tampoco fue cierto; entonces eso de que nunca va a ocurrir …yo por lo menos lo pongo en duda. El tráfico de armas sí puede bajar.

-Puede bajar, pero no ha bajado.

-Si Estados Unidos restableciera la normativa que estableció el presidente Clinton bajaría, y eso está en el ámbito político [George Bush dejó expirar en 2004 una norma de Clinton que prohibía la venta de armas de asalto en EE UU. Obama no la ha restablecido, pese a las peticiones de Calderón]. El presidente Obama es político y yo también soy político. Y lo primero que tienes que hacer para ganar una batalla es ir por ella o al revés, lo primero que tienes que hacer para perderla es simplemente rendirte. En el tema de las armas yo no me voy a rendir. Al contrario, mejor presionar, porque es un tema fuerte. La normativa terminó en 2004. En 2005 tú ves claramente como empiezan tanto los decomisos de armas como los incidentes de violencia entre bandas criminales. Eso es un factor estructural del problema.

-Presidente, súmele todo: el aumento del tráfico de armas, la falta de cooperación institucional, los rezagos administrativos al plan Mérida, todo eso son declaraciones suyas que yo he leído. Usted llegó, demostró mucha energía para combatir este fenómeno. Después de cinco años, ¿siente un punto de decepción, que EE UU no le ha ayudado todo lo necesario en esta batalla?

-Más que decepción ha sido un reclamo permanente, y no a lo último, es desde el primer día. De hecho la iniciativa de Mérida salió por eso. Y creo que en esos temas no hay que cejar nunca en la insistencia. Y es lo que yo he hecho. Sí debo decir que a partir de mi visita con el presidente Obama acordamos avanzar en todos los temas y eso me parece muy bien. Así que no hay decepción. Porque aquí yo sigo también al fundador del PAN, Manuel Gómez Morín. Una frase brillantísima suya: “Que no haya ilusos para que no haya desilusionados”. Tengo perfectamente las expectativas de lo que puede o no puede ocurrir. Pero también soy consciente de que hay decisiones muy grandes que en política sí se pueden hacer. Por eso lucho con todo por ellas.

3 LA SUCESIÓN Y SUS RITOS

A los ritos de sucesión propios, México suma ahora la agitación preelectoral de las democracias modernas. Durante las siete décadas de hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI), el presidente elegía a su sucesor a discreción. Se le daba a conocer al pueblo en el momento elegido, el conocido destape, y a continuación este era debidamente entronizado en elecciones de cuya limpieza dudaban todos, menos el propio PRI. Y así, cada seis años.

La elección del año que viene puede suponer la vuelta del viejo partido de régimen al poder tras dos sexenios del conservador Partido de Acción Nacional (PAN), la formación del presidente Calderón. La izquierda del Partido Revolucionario Institucional (PRD) sigue destrozándose en una guerra civil aparentemente interminable, en el PAN no despunta nadie, de momento, y el PRI lidera las encuestas con un candidato muy destacado.

Bastan unos días en el Distrito Federal para darse cuenta de que no existe otro tema de conversación en los cenáculos de la capital mexicana, y que la atención del país se centra ya en los comicios del año que viene con una intensidad tal que parecería eclipsar, al menos en términos de eficacia política, al todavía ocupante de Los Pinos. Aunque su mandato finaliza el 1 de diciembre de 2012, las elecciones se celebran en julio, por lo que durante seis meses Calderón tendrá que convivir con un presidente electo, lo que de alguna manera restringe aún más su futuro político. A partir de ahora, su capacidad de llegar a pactos en las Cámaras se irá reduciendo de forma progresiva. Privado de la posibilidad de la reelección, le digo al presidente, con el país sumido en todo tipo de cábalas preelectorales, ¿tiene usted todavía alguna gran meta para lo que le queda de mandato? ¿Algún objetivo que crea que pueda conseguir en términos políticos?

-Vaya, todos. ¿No? En primer lugar, probablemente, el país, la opinión pública, los ciudadanos, puedan estar pensando en la elección el próximo año y eso es normal. Además eso es deseable. Que lo piensen. Además, que lo piensen muy bien. Pero yo estoy en mi tarea, en mis metas y en mis objetivos. En términos taurinos lo que viene es el tercer tercio, en lo que estamos es el de la faena y es precisamente la audacia y es el de más cosas.

-Cite uno o dos en concreto.

-Uno concretísimo: la cobertura universal de salud, por ejemplo, que es una meta que le gustaría lograrla para cualquier nación desarrollada o no. El presidente Obama dio una batalla campal el año pasado y antepasado por la reforma de salud, para avanzar un poco en la cobertura pero no va a alcanzar la cobertura universal. Nosotros vamos a alcanzar cobertura universal de salud y eso lo tengo clavado y quiero terminar la presidencia de la República dejándole a México cobertura universal de salud. Es decir, médico, medicinas y tratamiento para cualquier mexicana o mexicano que lo necesite. Y para eso hemos hecho la mayor obra de infraestructura sanitaria de salud de México en la historia; en cuatro años hemos hecho más de 1.000 hospitales o clínicas nuevas y hemos remodelado y ampliado otras 1.500.

-¿Ese es el punto por el que le gustaría ser recordado?

-Usted me ha pedido un ejemplo o dos y yo estaba entrando en el primero. Le puedo dar otro, por ejemplo en materia de infraestructura. La mayor obra de infraestructura que se ha hecho en México se ha hecho ahora, por lo menos en el pasado reciente del México moderno, en el último medio siglo. Nosotros hemos construido o modernizado casi 16.000 kilómetros de carreteras en cuatro años, que es más que todo lo que se hizo en México en toda la década de los noventa. A mí me gusta estar incluso realizando los tramos carreteros, el avance, cómo van cumpliendo las constructoras. No puede meterse un presidente en los detalles, pero sí me gusta saber por qué y cómo se cumple una meta. Y el tercer tema, evidentemente, me pidió dos, pero el tercero para mí es dejar una sólida base institucional que permita a México no solo seguir enfrentando sino resolver definitivamente el problema de seguridad pública que tenemos. Y en esto también hemos avanzado.

-Su partido ha ensayado alianzas con la izquierda en varios Estados para frenar al PRI. ¿Es posible que suceda algo similar en 2012 para evitar la vuelta del PRI al poder?

-No lo sé, francamente. Yo lo veo muy remoto. Soy escéptico. Pero vaya, si me hubiera preguntado hace dos años si veía alianzas entre el PAN y el PRD en los Estados también le hubiera dicho que era muy remoto.

-Y sin embargo ha sucedido. Quiero decir: ha sucedido con éxito.

-Ha sucedido con éxito, efectivamente. Yo creo que depende. Al PRI le preocupan mucho. Pero la paradoja es que las alianzas son una función directa del antipriismo que el propio PRI suele suscitar.

-La percepción generalizada, corríjame si no es así, es que su partido no dispone ahora mismo de un candidato claro y potente.

-No, ahora mismo, no.

-¿Por qué?

-En México el presidente de la República no es jefe de bancada, no es jefe de su partido, no puede ser candidato y sin embargo es la figura, querámoslo o no, la más destacada del partido en el Gobierno. Y eso evidentemente genera condicionantes distintas entre quienes puedan sucederlo. Ahora bien, también se verá este año o el próximo que comenzará a crecer la figura de quien sea el candidato y a reducirse la del propio presidente, lo cual es bueno para el partido.

4 NACIONALISMO CONTRA CRECIMIENTO

La de la economía resulta seguramente la más descarnada de las paradojas que constituyen México. Gigantescas empresas líderes en América Latina y en el mundo conviven con un tejido industrial medio de una fragilidad inconmensurable. La desigualdad en la distribución de la renta provoca violentos contrastes: zonas plenamente incorporadas al mundo desarrollado pespuntean amplios espacios de rezago económico y social. Una riqueza en recursos petroleros que fue legendaria sostiene una industria, Pemex, estatal, en declive los últimos años, plagada de ineficiencias, incapaz de lograr los recursos con los que reinventarse. Los políticos mexicanos debaten desde hace años sobre si modificar o no la Constitución para facilitar el acceso de la industria extranjera a los recursos petroleros mexicanos, una discusión imposible, plagada de prejuicios nacionalistas. Unos ingresos fiscales crónicamente deficientes impiden al Estado acometer las necesidades de modernización del país. Así terminamos la conversación. ¿Se puede construir un Estado moderno cuando la recaudación fiscal es directa es apenas del 10% del PIB?, le pregunto a Calderón. ¿Es suficiente eso para el México al que sus ciudadanos legítimamente aspiran?

-No, no es suficiente. Claramente no. Se requiere una reforma tributaria. Ya hemos hecho dos de ellas, que han sido avances significativos, que en conjunto representan casi el 2% del PIB de recaudación. De hecho, yo a finales de 2009 presenté una propuesta muy ambiciosa al respecto y finalmente no pasó, o pasó solo una pequeña parte.

-¿Qué parte pasó?

-Pues una pequeña parte, que fue un aumento junto al IVA y sin que se ampliara la base; es decir, reforma insuficiente. Pero bueno. Ha habido una gran resistencia política, básicamente del PRI y del PRD, por hacer la reforma fiscal que se necesita en México.

-Los ingresos del Estado dependen excesivamente de Pemex y las previsiones para la próxima década son claramente descendentes. Ya sé que eso será un problema de sus sucesores, no suyo. Pero ¿no cree que dos sexenios del PAN deberían haber sentado las bases fiscales para México moderno y con futuro…?

-El hecho relevante aquí es que han sido Gobiernos sin mayoría, y con una oposición claramente orientada a bloquear una reforma tributaria de fondo. El presidente Fox lo intentó varias veces, y yo lo he intentado. Seguimos intentándolo. Pero aquí es donde pienso que las imputaciones políticas de coste y beneficio por los electores respecto a los partidos que se responsabilizan de sus decisiones es fundamental. Qué duda cabe de que la imposibilidad de una reforma tributaria ha venido por ese lado. No por falta de voluntad del Gobierno, sino por falta de voluntad de la oposición.

-Siguiendo con Pemex. Encontré esta afirmación de un analista: “Brasil se está convirtiendo en una potencia petrolera mundial y México está frenado por las restricciones legales, por el populismo de los políticos y la corrupción de los sindicatos”. ¿Con qué parte de esta afirmación no está de acuerdo?

-Coincido plenamente en que la gran reforma que se hizo en Brasil, y por cierto la hizo Cardoso, está dando mayores frutos allá. Y que es la gran pendiente de México.

-¿Qué le falta entonces a México para estar ahí, en la cabeza del grupo de países emergentes?

-Algunas cosas estamos realmente en la cabeza, a lo mejor no somos vistos así…

-¿Es solo un problema de percepción?

-No solo, pero hay también un asunto de percepción. Yo suelo decir una cosa. Lo que sí me queda claro es que hay una diferencia sustancial entre Brasil y México. Que todos los brasileños, desde el presidente hasta el último de los brasileños, en cualquier parte del mundo y en cualquier momento habla maravillas de su país, y qué envidia. Y en cambio, una de las grandes especialidades es hablar mal de México.

-Debe ser algo cultural. No es muy distinto en España.

-No sé, pero hay algo cultural ahí, hay algo cultural fuerte. Hay gente muy destacada en México, muy inteligente, brillante, que esa inteligencia y esa brillantez no la utiliza. Cuando va a hablar de México por ejemplo en alguna universidad igual lo que habla es al revés. Todo lo que pueda decir mal del país lo dice con extraordinaria nitidez. Río de Janeiro tiene una tasa de homicidios de unos 83 homicidios por cada 100.000 habitantes contra 14 de México. Y sin embargo, Río de Janeiro va a organizar la Copa del Mundo y los Juegos Olímpicos. Tenemos una política internacional muy activa, contribuimos con lo que podemos en las mejores causas sin estar reclamando para nosotros un lugar permanente en el Consejo de Seguridad. En la parte petrolera, como dije al principio, sí tenemos un problema por las restricciones políticas, laborales, por prejuicios. Eso ha impedido que México sea la potencia petrolera que está llamada a ser.

-Usted también ha dicho, hablando de la reforma que Pemex necesita: si la lógica imperara, la reforma ya se habría aprobado. ¿Qué lógica impera entonces?

-Presenté una reforma bastante ambiciosa y la lógica que imperó finalmente es la del prejuicio del nacionalismo. Se le impide a Pemex hacer alianzas estratégicas, cosa que hizo que Petrobras detonara, y se le impide por los prejuicios políticos, en este caso del PRD, del PRI, que impidieron que la reforma fuera más allá. Un partido que no tiene mayoría tiene que alcanzar los acuerdos que le permite su representación parlamentaria. Eso fue lo que pasó. Eso atrasó más a México.

Acerca de Leo Agusto

Periodista mexicano en el papel de columnista político.
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