La docena perdida / Luis González de Alba

No puede ser: como perro regañado ¿volveremos mansitos y con la cola entre las patas a rogarle al PRI que retome el mando de la República porque no pudimos? No sería novedad: los mexicanos del siglo XIX lo hicieron, una y otra vez con Antonio López de Santa Anna: cuando les aventaba la Presidencia, iban en peregrinación a la hacienda de Manga de Clavo, donde el que perdió desde Texas hasta California se ponía moños antes de dar su brazo a torcer y abandonar sus peleas de gallos para salvar de nuevo a la Patria en Apuros. Su Alteza Serenísima entraba a caballo bajo arcos triunfales y multitudes clamorosas para, como se dice en elegante latín clásico “volverla a cagar”.

¿Haremos lo mismo? A diferencia, enorme diferencia, con los sexenios de “la docena trágica”, el peso no se ha derrumbado ni el país adquirió deudas para otro medio siglo, como ocurrió con los presidentes Echeverría y López Portillo, “los últimos presidentes de la Revolución”. Pero sí merece llamarse “la docena perdida”.

Se dice que la historia la escriben los vencedores. Será en otros lares, porque no es así en México. La ignorancia de Fox lo hizo clamar que le quitaran de su oficina un óleo de Juárez: el presidente cuyo liberalismo la Revolución echó abajo y que representa mucho de cuanto el PAN predica desde su fundación. Nunca supo Fox, porque el seso no le dio, que tenía en sus manos la historia para recuperar el liberalismo de 1857 en sustitución del espíritu centralizador de los neo-encomenderos de 1917. En eso y en Marcos gastó su triunfo.

El retorno hacia el liberalismo de Gómez Farías, Juárez y la admirable generación de la Reforma era lo que había comenzado a trasminarse en los últimos tres gobiernos del PRI, con de la Madrid, Salinas y Zedillo. Hicieron más por encauzar a México en el camino de la producción, el empleo y la competencia los últimos tres priistas que el patán dicharachero que no supo lo que hizo.

Ese espíritu de la Reforma en los últimos tres sexenios del PRI fue lo que produjo la escisión de Cuauhtémoc Cárdenas: religioso defensor del estilo viejo PRI de gobernar: dádivas, llamadas “gasto social”, en vez de empleo bien remunerado; “apoyos económicos” que no acaban con la pobreza, pero ah cómo ayudan a construir clientelas.

Eso, el clientelismo, es lo que se llevaron los disidentes. La primera campaña de Cuauhtémoc Cárdenas fue asombrosa en su capacidad de convocatoria. Sus mítines, aun sin los miles de millones que hoy se entregan a los partidos, fueron de más a mucho más: un éxito sin precedentes. Pero, visto desde hoy, no fue éxito de la oposición al PRI, sino del viejo PRI y su corporativismo de gremios amarrados al gobierno, subsidios, “gasto social” para paliar la pobreza en vez de abrirse a los capitales que crean fuentes de trabajo… con trabajadores libres.

¿Por qué a tantos nos fascinó la posibilidad de Cárdenas en la Presidencia? Porque la escuela ha hecho bien su labor: es pésima para enseñar a leer, escribir y hacer sencillas operaciones aritméticas, pero es magnífica adoctrinando en las tesis antiliberales, antijuaristas que recetan estatismo. Recordemos el continuo rescate de empresarios ineptos salvados por gobiernos que les compraban el negocio porque se debía defender al mexicano en apuros. Así fue como se formó el gordo Estado cuyas paraestatales iban desde Pemex, Teléfonos y la producción de electricidad hasta tortillerías (sin metáfora).

Es el pie del que cojeamos en la izquierda: el centralismo soviético, la retórica castrista, el asistencialismo a los pobres, el desprecio contra los ricos promovido hasta por el cine mexicano. La izquierda, esto es los partidos desde el comunista hasta el PMT, PSUM, PMS y otras variedades, padecía un vergonzante echeverrismo: no aplaudíamos, pero nos gustaba el estilo. Y sí aplaudimos cuando López Portillo hizo realidad una de nuestras demandas: estatización de la banca y control de cambios. Eso fue lo que desmontaron los gobiernos priistas que le sucedieron, y fue ese desarmado de la estructura antiliberal de la Revolución contra lo que se alzó Cárdenas. Muchos no lo vimos porque la ideología de la izquierda tenía una muy explícita veneración por la colectivización, los sóviets y el Muro de Berlín.

Ese PRI ya no existe, por ahí anda todavía Manuel Bartlett, ahora tan cercano al PRD por confluencia de ideologías. Pero muchos sentimos repulsión por el retorno del PRI, entre otros el presidente Calderón.

Las mentiras de mis maestros, 10ª reimpresión, Cal y Arena.

www.luisgonzalezdealba.com

Publicado en el periódico Milenio

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Acerca de Leo Agusto

Periodista mexicano en el papel de columnista político.
Esta entrada fue publicada en México, PAN. Guarda el enlace permanente.

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