Alma mater / Jorge Ibargüengoitia

Últimamente he estado leyendo las notas periodísticas de las tomas de posesión de los nuevos funcionarios universitarios. Son muy interesantes, aunque, en general, adolecen de cierta monotonía. A tal grado, que casi se podría haber escrito una nota patrón, con espacios en blanco que se llenarían a última hora. El patrón iría más o menos así:
“El licenciado (nombre y dos apellidos) tomó ayer posesión del cargo de (por ejemplo coordinador de Recursos Intelectuales no Comunicables), en sustitución del licenciado (otro nombre), que ahora pasará a ocupar el cargo de (por ejemplo, secretario adjunto del Consejo de Revisión de Materias Optativas). El licenciado (el nombre del recién llegado) se mostró satisfecho con el nombramiento, calificó la misión que se le ha encomendado de “muy interesante”, opinó que la labor de su antecesor le parecía muy meritoria y declaró que pondría todo su empeño y todos los medios que estuvieran a su alcance, para lograr que el departamento que ahora tiene a su cargo cumpla de una manera adecuada con sus funciones. ‘Hay que avanzar’, dijo el funcionario, ‘porque el que no avanza, retrocede, y es humillante retroceder’. El licenciado (otra vez el nombre del recién llegado) había ocupado hasta ahora el puesto de (por ejemplo, jefe del Departamento de Paraninfos)”.

Esto es lo que ve la luz pública, porque podemos imaginarnos que, en estos momentos, la Universidad está llena de gente que está diciendo:
—El principal problema al que tenemos que enfrentamos, es la desorganización.

Lo que me interesa apuntar por el momento es que, en muchos casos, el funcionario que acaba de ser nombrado viene de un puesto y el que acaba de ser sustituido se va a otro puesto. Hay excepciones. Hay muchos funcionarios recién llegados que no formaron parte de la administración pasada y muchos sustituidos que quedarán sin ningún cargo. Pero si nos ponemos a hacer memoria, recordaremos que muchos de los que estuvieron en la administración pasada, estuvieron en la antepasada, y si tenemos paciencia veremos que muchos de los que parece que desaparecen, volverán a aparecer en la próxima administración. El número de los realmente eliminados del mundo universitario es mínimo. En cambio, el número de personas que llegan a trabajar por primera vez en la Universidad es ligeramente mayor, porque, como todos sabemos, su administración está en una etapa expansiva.
Lo anterior quiere decir que en la parte superior de la organización universitaria hay una serie de personas que se mueven en órbitas helicoidales, ocupando diferentes puestos, siempre de lado y siempre hacia arriba, hasta negar a lo que se podría llamar su “techo”; en ese momento, la órbita se vuelve circular, y el personajes en cuestión sigue ocupando puestos del mismo nivel, sin avanzar ni retroceder, pero sin desaparecer. Otros personajes siguen órbitas ondulantes, como las toninas. Se sientan durante cuatro años en un despacho, luego, desaparecen y al cabo de otros cuatro años, vuelven a brotar en otro edificio de CU. Pero hay gente que los recuerda y dice:
—Este fue el que salió acusado de fraude, en tiempo de…

Pero ésta no es más que la plana mayor. Bajo esta capa, que como hemos visto está dotada de un movimiento parecido al perpetuo, hay otra capa inmóvil, que según las versiones de algunos tratadistas es la que realmente gobierna la Universidad. Está formada por los empleados universitarios. Ellos son los encargados de custodiar los expedientes (y en algunos casos, de perderlos), de revisar las nóminas, de grabar los cheques y otros mil trabajos humildes, pero importantísimos.
A esta clase de empleados pertenecen las señoritas de la Rectoría. Las que están en las ventanillas y nos dicen:
—Estos son todos los documentos que usted necesita para presentar su examen profesional.
Ya todo está en regla. Ahora vuelva dentro de quince días.
A esta clase también, pertenecen los jefes de estas señoritas. Los que cada año cambian el procedimiento de inscripción, pero en secreto, con el objeto de que los alumnos puedan hacer tres colas en vez de una.
A esta clase también, pertenecía un personaje que tenía una oficina en Radio Universidad. Era conocido con el nombre de “El Pagador”. Su obligación consistía en sentarse en un escritorio, y decir:
—Todavía no están los cheques.
Abajo del movimiento perpetuo y de la inmovilidad, están los profesores y los estudiantes.
Esta es la capa móvil de la Universidad. O mejor dicho, sería móvil, si no estuviera sujeta a observar ciertos ritos atávicos. El otro día encontré una maestra de preparatoria que me dijo:
—Hoy no hubo clase, porque los estudiantes adelantaron las vacaciones de mayo.
Esto me trajo recuerdos que pertenecen a un pasado insondable. (22-5-70)

Texto publicado en el libro: Instrucciónes para vivir en México / Jorge Ibargüengoitia / Editorial Joaquín Mortiz, México 1990.

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Acerca de Leo Agusto

Periodista mexicano en el papel de columnista político.
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