El lado bueno de los próceres / Jorge Ibargüengoita

Una de las grandes frustraciones de mi vida es que nadie me haya invitado nunca a formar parte de uno de esos comités que se encargan de inventar los festejos con que se va a conmemorar algún aniversario cívico: el del natalicio de algún prócer o el de la muerte de algún héroe.
Me imagino que le mandarán a uno invitación por mano de motociclista y que un rato después hay que presentarse en el despacho de algún alto funcionario —no habrá que hacer antesala— en donde se reunirá uno con éste y los demás miembros del comité.
Supongo que en estos casos, el alto funcionario ha de decir:
—Aquí tienen su prócer. Los festejos no deben costar más de X millones. El señor Presidente está muy interesado en hacer resaltar sobre todo la honradez a prueba de bomba y el sentido de responsabilidad heroico del conmemorado. No quiere danzantes en el Zócalo. Espero un anteproyecto en quince días.
Los miembros del comité han de salir de esta reunión desorientados. La mayoría apenas se conoce: algunos se detestan entre sí. Unos de ellos se saben la historia del festejado al dedillo por haber escrito treinta años antes un opúsculo sobre su vida; otros, sin estar muy seguros de los detalles históricos, se mecieron entre los brazos del patricio y jalonearon los botones de su levita pesada, otros más, no lo conocen más que en estatua.
Pero por disímbolos que sean los miembros del comité, tienen algo en común, que son las ganas de quedar bien con quien acaba de darles el encargo y la esperanza de presentarse a los quince días con un proyecto que le parezca genial. Por esta razón, saliendo del despacho en donde acaba de constituirse el comité, los miembros de éste, si tienen cuenta de gastos vigente desde ese momento, se irán luego luego a algún restaurante a meditar. En las horas que siguen tratará cada uno de poner a consideración de los demás los productos más granados de su intelecto.

Si a mí me invitaran a formar parte de uno de estos comités yo trataría, para abrir boca, de ponerme de acuerdo con mis compañeros sobre qué clase de personaje era el festejado. Es decir, de unificar su imagen.
Supongamos que se trata de conmemorar a un general al que después de una larguísima carrera opaca, le tocó perder gloriosamente una de las batallas decisivas en la historia de nuestra patria. ¿Qué hacer? Desde luego inventarle una frase célebre, que ponga de manifiesto la entereza de su ánimo ante la derrota total. Algo así como “nos pegaron, pero no nos vencieron”, “mañana
será otro día”; o bien una frase que contenga la evidencia de que nuestro héroe no fue responsable de la derrota, sino que la culpa la tuvo la caballería, la intendencia o el cuerpo de mensajeros. Por ejemplo, inventar algo que supuestamente el conmemorado dijo al enemigo al deponer las armas:

—Si la caballería no anduviera por las Lomas, estarían ustedes corriendo como conejos.
Hay que tener mucho cuidado al inventar estas frases célebres, porque aparecerán, en letras de oro, en los pedestales de todas las estatuas que se erijan en el año en cuestión.

Si el festejado fue marido y padre modelo, o si tuvo amores con todo un coro de segundas tiples y tenía por lema para la educación de sus hijos el de “la letra con sangre entra”, son cuestiones que no nos importan. Como tampoco nos importa si le gustaban los perros o era afecto a leer novelas de Dumas, pére. Si tiene una frase célebre, con eso basta. Demasiados rasgos provocarían confusión.

Lo mismo se aplica al aspecto físico. Para crear imagen hay que proceder por eliminación. Hay que conmemorar al prócer en un momento determinado y siempre con la misma ropa, al fin no tiene por qué cambiarse. Hay que tener en cuenta que la calva del cura Hidalgo, la levita de Juárez y el pañuelo de Morelos son más importantes para identificar a estos personajes que su estructura ósea. Supongamos que vemos la imagen de un militar de mediados del siglo pasado. No nos dice nada. En cambio, si vemos que está rasurado y trae anteojitos, sabemos que es Zaragoza.
Una vez determinada la imagen, conviene proceder a zonificar las celebraciones. Supongamos que el festejado nació en Zumpango de los Tejocotes. Se quitan los Tejocotes y se agrega el apellido del festejado. (7-3-72)

Tomado del libro: Instrucciones para vivir en México.

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Acerca de Leo Agusto

Periodista mexicano en el papel de columnista político.
Esta entrada fue publicada en México. Guarda el enlace permanente.

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