La percepción de la barbarie / Verónica Calderón

Hace dos años, durante una conferencia en la Casa de América de Madrid, la periodista chilena Mónica González hablaba sobre los años de sangre y terror que había vivido su país durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990). Al final de su charla, González recordó que las penas en Latinoamérica aún se contaban por decenas y se refirió al caso de México, “quizá el más doloroso en estos momentos”. En las filas de atrás, un señor de mediana edad, mexicano, se levantó indignado. “¿Cómo se atreve a comparar la dictadura militar con lo que ocurre en México? ¡No hay punto de comparación!”. González intentó disculparse pero fue inútil. El señor miró a la mujer que le acompañaba y salió encolerizado del lugar.

El argumento de aquel señor era que la sangría en México no era causada por un aparato militar del Estado como el que desoló a Chile en esos años. Los entonces 15 mil muertos que había causado la ofensiva contra el narcotráfico durante el sexenio de Calderón no se podían comparar con los 3 mil muertos y desaparecidos que dejó la dictadura de Pinochet. Por rocambolesco que parezca, la ofensa provenía de que una periodista (extranjera, además) había osado poner en entredicho la estabilidad del país y, lo peor, había contribuido a “La Mala Imagen de México”.

Es de llamar la atención que un argumento repetido, no sólo entre los funcionarios del Gobierno sino también entre los ciudadanos, es la preocupación por “La Imagen” del país. No en balde nuestra constitución guarda el artículo 33, que prohíbe a los extranjeros “inmiscuirse en los asuntos políticos del país”. La ropa sucia se lava en casa, en otras palabras.

Pero desde aquel junio de 2008, la violencia empaña esa imagen. Todos los días trascienden noticias que describen el horror al que el narcotráfico tiene sometidos a tantos mexicanos. La barbarie de sus asesinatos erróneamente llamados “ejecuciones”, en una aceptación implícita, y casi inconsciente, de que en México, el crimen organizado tiene las mismas competencias del Estado. Quizá hasta más. Todos los días aparece la misma letanía. Levantados, decapitados, extorsionados. Los detalles de sus actos sorprenden a los extranjeros y hielan el corazón de los mexicanos. La desolación frente a un Gobierno que se muestra incapaz (cosa aparte si se debe a la impotencia o la desidia) de enfrentar al narcotráfico y garantizar a sus ciudadanos una policía que no cause más miedo que el propio criminal, un juicio en el que el juez no se duerma, una clase política más preocupada por su hueso que por servir al país (y tanto que lo repiten).

Una encuesta realizada por Mitofsky afirma que los partidos políticos (todos) son la institución peor valorada del país: sólo cinco de cada 100 mexicanos confían en ellos.  Los diputados no están muy atrás. Son respaldados por solamente un 6%. Les superan la policía (¡!), los bancos(¡!) y la Iglesia, a la postre la institución más popular. Y sí, hasta el propio presidente (un 18%). La mayoría de los estados más violentos del país, (Chihuahua, Tamaulipas y Veracruz entre ellos) son controlados por Gobiernos priistas. Ahí no hubo transición. Otro bastión violento, Michoacán, es el único estado donde el PRD nunca ha perdido una elección. ¿Por qué entonces los miembros de estos partidos políticos hablan de esta guerra como si fuera problema de otro, como si no fuera con ellos, como si no fuera su responsabilidad? ¿Con qué cara responden ante una ciudadanía que, desesperada, les exige que trabajen por una vez en su vida?

Las noticias de México aturden, y más todavía cuando se leen de lejos. La impotencia empuja a la búsqueda de respuestas, así implique revisar el pasado. El periodista español José Comas (1944-2008) fue corresponsal de El País en México entre 1985 y 1987. Cito dos artículos suyos. Para entender, hay que recordar.

“Al lado de las ruinas del edificio Nuevo León, en el barrio de Tlatelolco, un hombre joven se acerca a los periodistas y casi les arrastra para explicarles: ‘Mire, quiero hablarles de un problema que se da mucho aquí y en los periódicos mexicanos está censurado: son los robos del Ejército de los bienes que tenemos’” […] “A escasos metros de distancia, unos jovencísimos soldados meten en bolsas de plástico transparentes joyas y las anotan en unas simples cuartillas sin ninguna clase de membrete o formulario impreso”.

“Perdidas las esperanzas, crece la ira popular en México”, El País, lunes 30 de septiembre de 1985, página 9.

“La misma noche del domingo, el candidato del PRI a gobernador, Fernando Baeza, tuvo que dar órdenes a su gente para que se retirara a casa y evitar así una celebración en las calles que podía terminar en enfrentamientos. Dirigentes priistas locales opinan que no ocurrirá nada, ‘porque, si el fraude hubiera sido tan grande como dice el PAN, la gente se habría levantado el domingo, y sin embargo aquí hubo un orden total”.

“Las elecciones en Chihuahua, sinónimo de fraude”, El País, miércoles 9 de julio de 1986, página 8.

Es evidente que la mayor parte de la responsabilidad pertenece a un Gobierno federal que se inmiscuyó en una guerra contra el narcotráfico sin, aparentemente, no haber medido las consecuencias. Pero no podemos seguir repitiendo que México “estaba bien”, que la seguridad “estaba garantizada” y no reconocer que, por lo menos una parte de la responsabilidad de lo ocurrido en los últimos 10 años, es compartida por los que dirigieron al país durante tantos más atrás. Quizá lo que más indigna no es el cinismo de entonces, sino la desvergüenza actual de proclamarse protectores del país, salvaguardas de nuestra paz y los auténticos defensores de la sacrosanta Imagen de México en el mundo.  Sacrificios por los que esperan, además, que les demos las gracias para después agachar la cabeza porque, al fin y al cabo, somos mexicanos.

Es verdad que la incompetencia del Estado ha rebasado hasta nuestras propias expectativas, que vaya que no eran menores. Es verdad también que años de clasismo, racismo y desigualdad han abonado el terreno para que miles de jóvenes que carecen de oportunidades reciban con brazos abiertos las seductoras ofertas del narcotráfico. Parece que, como decía José Alfredo, la vida no vale nada.

Hace una semana de que Ximena Navarrete se convirtió en la segunda Miss Universo mexicana, lo que, según Felipe Calderón, contribuyó a “mejorar la Imagen de México en el mundo”. No hablo con desdén su victoria y menos aún cuando sé que a algunos les trajo una pequeña alegría o, por lo menos, el gusto de que en unas pocas horas se hablara de otra cosa que no fueran los cada vez más horrendos crímenes de esta guerra. Pero el problema, parece que se nos olvida, no está en la imagen que proyectamos. No se trata de volver al “México que se nos fue”. El problema no es una cosa de imagen ni de unos años para acá. Tanta preocupación causa la imagen que se olvida el contenido y, lo peor, en México aparece una ceguera colectiva, que se niega a ver la magnitud de nuestros problemas. Unos no los ven para proteger la impunidad en la que bailan tantos; otros simplemente porque son demasiado dolorosos. Pero hay quienes todavía no han perdido la fe. Los que van contra corriente y se indignan y cuestionan y trabajan porque creen (quizá como una idea quijotesca) que todavía vale la pena, que no todo está perdido. Los que saben que el problema de México no es una cuestión de imagen, porque saben que ellos son los que dan la cara.

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Acerca de Leo Agusto

Periodista mexicano en el papel de columnista político.
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