El Nobel Borlaug / Rafa Cardona

Con menos estruendo del causado por Juanito y sus rebeldías, o Jos Mar y sus invenciones sísmicas y de piratería aérea, los diarios nos han dicho algo sobre la muerte de Norman Borlaug, Premio Nobel de la Paz en 1970 y desde entonces conocido como el “padre de la revolución verde”.

Borlaug desarrolló modificaciones genéticas en las semillas del trigo y el maíz. Fue –en cierto modo– uno de los precursores de los transgénicos hoy tan satanizados, y por su empeño en la formación de variedades enanas alzó los rendimientos agrícolas hasta causar una explosión productiva por la cual se evitaron en aquellos años hambrunas en India y Pakistán, con semillas desarrolladas y adquiridas en México.

El Premio Nobel de la Paz tenía en Texcoco una oficina polvorienta de tres por tres. Había un pequeño escritorio y un teléfono negro con el cable hecho rollo y un calendario con El idilio de los volcanes. Lo conocí tres o cuatro años después de su premio y me llevó a conocer dos sitios interesantes.

Uno, el Centro Internacional de Mejoramiento del Maíz y el Trigo (Cimmyt) y, el otro, el Centro de Investigaciones Agrícolas del Noroeste (Ciano). Como se sabe, ese centro y otros más con la misma vocación fueron auspiciados por instituciones estadunidenses.

Dice la historia del Ciano:

“En Sonora las primeras actividades de investigación agrícola datan de 1910, cuando la Compañía Richardson, concesionaria del gobierno mexicano en tareas de fraccionamiento y desarrollo, estableció pruebas experimentales en el campo Ontagota, en el Valle del Yaqui.

“En los años treinta se establece el Campo Experimental El Yaqui, por iniciativa del entonces gobernador del estado, don Rodolfo Elías Calles, quien cede para tal propósito los terrenos del campo 611 del Valle del Yaqui. Ese campo experimental fue operado por la Secretaría de Agricultura.

“En 1943 se creó la Oficina de Estudios Especiales –programa cooperativo de la Fundación Rockefeller y la Secretaría de Agricultura y Ganadería (SAG, constituida por científicos norteamericanos y mexicanos que emprenden conjunta y decididamente trabajos de investigación. Como parte del equipo de investigadores de este programa, el doctor Norman E. Borlaug inició en 1945 en el Campo Experimental El Yaqui los primeros ensayos de selección de líneas mejoradas de trigo con resistencia a royas”.

Como se desprende de lo anterior, la historia de Borlaug puede ser vista como la de un redentor o la de un agente imperialista incrustado en el campo mexicano. Y quizá ninguna de las dos visiones sea la correcta. Borlaug era un científico con talento cuya obra permitió demostrar, a través de la manipulación genética, las limitaciones de Thomas Malthus, quien nos había advertido la inminente hambruna por la simple relación dislocada entre producción de alimentos en el mundo y cantidad de habitantes para consumirlos.

Malthus era apenas un científico social con todas las limitaciones de su tiempo (murió en 1834), y Borlaug disponía de los avances científicos de la humanidad tecnológica de la segunda mitad del siglo XX. En el tiempo de Malthus los hombres miraban la Luna. En la época de Borlaug, caminaban sobre ella.

“Yo creo en la ciencia y en el progreso. También creo en el trabajo y en no dejar las cosas como estaban cuando las vi por primera vez”, me dijo cuando lo conocí. No podemos pensar simplemente en la relación entre habitantes y alimentos. Si hay más gente debe haber mejor aprovechamiento del suelo, del agua y de las variedades alimenticias.

—¿Entonces Malthus estaba equivocado?

—No necesariamente. Tenía razón en haberse puesto a pensar en las cosas como eran en su tiempo. Si los alimentos aumentaban aritméticamente y la población geométricamente, pues iba a llegar un momento de colapso. Pero él no sabía de genética modificada.

Si fuéramos un poco menos rigurosos, Borlaug debería estar considerado como el primer Nobel mexicano. Todo su trabajo importante lo hizo aquí, a diferencia de otros quienes aun naciendo en México trabajaron en Estados Unidos. En el caso de la “revolución verde” fue al revés.

—¿Es en verdad la “revolución verde” la salvación de la humanidad?, le pregunté.

—No, pero es una ayuda. Si hubiera más revoluciones científicas y menos revueltas políticas el mundo estaría mejor. Yo ya hice parte de una. Ahora les toca a otros.

Hoy el maíz transgénico y los demás aprovechamientos de las variedades artificiales son parte de la agenda para condenar al imperio. “Sin maíz no hay país”, dicen, y al paso presente ni con maíz.

QUEMADOS

Previene la Fundación Michou y Mau sobre los riesgos de niños con accidentes en esta época de pirotecnia y lluvias. De lo primero no se debe explicar nada. Los cohetes, triquitraques, “brujas”, “buscapiés” y demás artefactos hechos con pólvora deben ser manejados cuidadosamente.

De lo segundo, con las lluvias la cantidad de diablitos y cables sueltos generan muchos accidentes, desprendimientos de línea y demás.

Cuidado, dicen los especialistas de esta benemérita fundación. Llevar niños a curar a Estados Unidos es muy caro y complejo. Cuidarlos es más sencillo.

Publicado en La Crónica de Hoy

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Acerca de Leo Agusto

Periodista mexicano en el papel de columnista político.
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Una respuesta a El Nobel Borlaug / Rafa Cardona

  1. Thank you. Hand your health…

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