Peña Nieto ante las cámaras / Miguel Ángel Granados Chapa

A Enrique Peña Nieto se le ve todos los días en el principal noticiario nocturno de Televisa. Las más de las veces su presencia en la pantalla resulta de nimios actos administrativos. En otras oportunidades se le muestra en plena campaña electoral, la suya, aprovechando la que concluirá el próximo miércoles. El gobernador del Estado de México patrocina, con recursos y su compañía, a candidatos priistas en las entidades que renuevan poderes dentro de una semana. Así, se le ve en San Luis Potosí y Querétaro, donde no hay gobernador priista que sienta celos de su activismo.

La omnipresencia de Peña Nieto ante las cámaras de Televisa deriva de dos factores, uno preponderantemente financiero y político el otro, aunque es difícil trazar la línea divisoria entre ambas comarcas. El proyecto político, ostensible e identificado claramente por no pocos observadores de la vida pública consiste en que Peña Nieto sea el próximo Presidente de la República, a partir de la abrumadora difusión de su imagen, para que sea precisamente un producto neto de la televisión y la mercadotecnia. La razón pecuniaria de su presencia consiste en el derroche de recursos de la hacienda mexiquense que se han destinado a Televisa desde el sexenio de Arturo Montiel, con el propósito de hacer tersa su salida del gobierno y preparar el advenimiento de su heredero, su sobrino comprometido a guardarle las espaldas, misión que ha cumplido rigurosamente.

Ya se ha probado la eficacia de la estrategia comunicacional de Televisa en torno a Peña Nieto. Ya lo hizo gobernador del Estado de México y se afana en erigirlo como el sucesor de Felipe Calderón. Cuando entre el 2004 y 2005 se decidía el nombre de quien sucedería a Montiel, el joven diputado, jefe de la junta de coordinación política que había pasado por dos encargos administrativos que no facilitaban la proyección de su imagen, era casi un desconocido. Los ilusos aspirantes a la candidatura priista, entre ellos Carlos Hank Rohn, creían que los índices de reconocimiento público y popularidad contarían a la hora de resolver la sucesión. De haber sido así, Peña Nieto no estaría donde está hoy. Por su edad y la brevedad de su trayecto público apenas llegaba a un diez por ciento de preferencias entre priistas, lo que hacía suponer que lo identificaban sólo los políticos profesionales y los lugareños de Atlacomulco, que lo sabían miembro de familias que han gobernado el Estado de México al amparo de aquella denominación geográfica.

Pero en cuanto Montiel dio el dedazo y los resignados precandidatos se sumergieron ante la decisión, la televisión empezó a obrar el milagro. Una dispendiosa campaña sufragada desde las arcas públicas dotó a Peña Nieto de una proyección que se reflejó en las urnas, con un triunfo que Montiel acaso creyó que prefiguraría el suyo propio en la contienda interna del PRI por la candidatura presidencial. El descomunal gasto, de cientos de millones de pesos, destinado a simular una presencia política carente de sustancia se completó con asesorías que hicieran del inminente gobernador una eficaz figura mediática, la encarnación de un sujeto ficticio.

Los contratos que fundaron el proyecto compartido entre Peña Nieto y Televisa y otros documentos relativos a sus estrategias, fueron incorporados a sucesivos reportajes que el periodista Jenaro Villamil publicó en el semanario Proceso a partir de octubre del 2005, un mes después de la toma de posesión del rutilante gobernador, modelado hasta en su apariencia conforme al objetivo político de presentarlo como ejemplo del nuevo priista, un político joven y moderno. Al paso de los años, los abundantes materiales que en esa dirección acumuló el periodista, experto en procesos políticos, en televisión y en el más amplio terreno de las telecomunicaciones, le permitieron escribir el libro “Si yo fuera presidente. El reality show de Peña Nieto”. Concluida en mayo pasado, la obra (con una presentación de Julio Scherer García), empezó a circular hace apenas unas semanas. El carácter profesional de la investigación que da sustento al libro se evidencia en el hecho de que lo publica Randomhouse Mondadori, en su sello Grijalbo, cuyo catálogo incluye amplia porción de la bibliografía que permite analizar la situación mexicana contemporánea.

Simultáneamente, amparado también con el sello de otra editorial prestigiada, Planeta, apareció “Negocios de familia”, que se presenta como una “biografía no autorizada de Enrique Peña Nieto y el Grupo Atlacomulco. Muestra en su portada una pintura con las figuras del gobernador. Sus autores son Francisco Cruz Jiménez, que a partir de sus comienzos en la prensa mexiquense, ha hecho su carrera periodística en la agencia Notimex y los diarios Reforma, El Universal, Monitor y Centro; y Jorge Toribio Cruz Montiel, investigador político autor de “Grupo Atlacomulco. Revelaciones 1915.1916”.

Semejantes en su materia, los libros difieren en su enfoque y contenido, pero ambos coinciden en la fuerte carga mediática que da peso a objeto de su estudio. Cruz Jiménez y Cruz Montiel concluyen su libro diciendo que “gracias a la publicidad pagada, su imagen se prodiga profusamente, a veces hasta la exageración”, mientras que Villamil lo percibe como “un híbrido político que combina una aparente modernidad mediática de los líderes de la nueva generación con los métodos más arcaicos de ejercer el poder”.

Carmen Aristegui entrevistó por separado a los autores de ambos libros en su programa de Noticias MVS. La conversación con Villamil, como su texto mismo, giró en torno a la relación del gobernador y Televisa. Tuvo lugar el lunes 22 y dos días más tarde mereció un colérico mensaje del consorcio televisivo. Bajo el título “Carmen Aristegui y Jenaro Villamil mienten”, la empresa de la familia Azcárraga pretendió no sólo desmentir afirmaciones del libro y la entrevista, sino mofarse del autor y zaherir a la periodista, desde el despecho que le causaron las revelaciones de la inquisitiva comunicadora sobre su despido de XEW en enero del año pasado. En el inútil intento de desprestigiarla (propósito en que también falló el año pasado) Televisa se atreve a decir que “Carmen Aristegui ha hecho de la diatriba a Televisa su modus vivendi”. Todo el mundo sabe que el modo de vivir de la periodista es otro, lo más lejano de aquel objetivo que sería miserable por sí mismo. El modo de vivir de la periodista, que es su modo de trabajar, se manifiesta en su labor cotidiana en CNN en español, que le mereció una de las mayores distinciones del mundo periodístico, el premio María Moors Cabot; en su nueva emisión informativa, cuyo éxito había sido anticipado por su trabajo en la W, a diferencia de lo afirmado por Televisa; y en el extensísimo reconocimiento público sobre sus calidades ética y profesional.

El consorcio Azcárraga enumeró seis mentiras. Tanto Aristegui como Villamil las respondieron el propio 24 de junio, apenas aparecido el profuso desplegado de Televisa, difundido con amplitud en la prensa capitalina (motivo por el cual los interlocutores se felicitaron de que la parte más poderosa del duopolio entrara al terreno de la discusión aunque fuera de ese modo alebrestado). Villamil blandió los contratos sobre la relación del gobierno mexiquense y Televisa, que muestran que es esta empresa, y no él, quien miente. Sobre otras respuestas del consorcio, cualquier televidente puede saber que falta a la verdad. Justifica, por ejemplo, la asiduidad de la cobertura a Peña Nieto pretendiendo que la misma abarca a la política, la economía, la sociedad y cultura mexiquenses”. Ningún usuario del Canal 2 dejaría de conocer, si ese aserto de Televisa fuera verdadero, al menos el nombre, ya no digamos la actuación de los presidentes del Congreso local y del tribunal superior, el del rector de la universidad pública, el de los dirigentes sociales, que casi nunca son objeto de la atención de la televisora (como no lo son los de ninguna entidad de la República).

Aseguró Televisa que su respuesta está destinada a que el público de Carmen Aristegui y Jenaro Villamil “tenga un verdadero acceso a la información plural”, lo cual debería ocurrir en su pantalla, donde en cambio son frecuentes silencios, omisiones que se hacen evidentes porque sus propios periodistas no incurren en ellos en sus espacios propios.

El pasado presente.- El 30 de junio de 1959 -pasado mañana hará de ello medio siglo- murió José Vasconcelos. Tenía a la sazón 77 años, pues había nacido el 27 de febrero de 1882 en la ciudad de Oaxaca. Murió rodeado de honores. Pertenecía a la Academia Mexicana de la Lengua y al Colegio Nacional, dos de las cofradías que acogen a los intelectuales de mayor rango en la República. Había recibido el Premio Nacional de Literatura. Era un activo articulista en la prensa y hasta había sido invitado a protagonizar un programa de la naciente televisión. Gozaba de la consideración del gobierno de la República pues a la hora de su muerte hacía siete meses que ascendiera a la Presidencia Adolfo López Mateos, que había sido, cuando joven, uno de los ardorosos partidarios de Vasconcelos en su lucha contra la imposición política.

El niño y el joven que fue Vasconcelos vivió en los ambientes geográficos más diversos. Cuando recorrió en sus libros autobiográficos esa porción de su existencia, contrastó el áspero y seco norte del país con sus porciones central y sureña. Mientras estudiaba derecho en la universidad nacional se unió a la parvada de muchachos que tuvo clara la necesidad de desmontar el sustento ideológico del porfiriato y con ello preparar la revolución política, fuese por medio del voto o de las armas. Así se integró al Ateneo de la Juventud, el cenáculo del que formarían parte Alfonso Reyes y su tocayo Cravioto, para sólo citar a dos miembros de esa “sociedad de conferencias” cuyos trayectos vitales los conducirían hacia metas diferentes, pero no lejanas de sus anhelos juveniles.

Cuando Madero recorrió la República en busca del sufragio efectivo y la no reelección, el joven abogado Vasconcelos no vaciló y se unió a las filas del “apóstol de la democracia”, y cuando el golpe militar de Victoriano Huerta rompió el orden constitucional tampoco tuvo dudas y marchó a participar en la revolución armada contra el intento de restauración. Lo hizo no al lado del carrancismo, al que siempre detestó, sino con las fuerzas populares de la Convención Nacional Revolucionaria, a la que dispensaron su apoyo militar Zapata y Villa. Fue en ese efímero y frágil gobierno, opuesto al Primer Jefe en la lucha de facciones, por primera vez secretario de instrucción pública.

La victoria del constitucionalismo lo dejo al margen de la acción política a la que volvió en 1920, cuando los generales sonorenses rompieron con el Varón de Cuatro Ciénegas, lo hicieron asesinar y se instalaron en su lugar. Mientras Álvaro Obregón se asentaba en la Presidencia y establecía el nuevo ministerio responsable de la educación, Vasconcelos fue nombrado rector de la Universidad. La dotó entonces de su lema y de su escudo, en uso hasta la fecha. “Por mi raza hablará el espíritu” condensaba parte de la filosofía del flamante rector, que emprendió en la principal casa de estudios superiores su primera campaña por elevar las condiciones espirituales de los mexicanos, mediante la edición de los autores clásicos griegos y latinos en hermosas ediciones profusamente distribuidas.

Cuando fue creada la Secretaría de Educación Pública, Vasconcelos fue su primer titular, y desde allí dio alas a sus proyectos de enseñanza popular, mediante las misiones culturales que habían imaginado y puesto tímidamente en práctica los ateneistas. En el magnífico edificio con que fue dotada la nueva dependencia, como antes lo había hecho en las paredes universitarias, Vasconcelos puso los muros a disposición de los artistas plásticos que allí crearían algunas de sus obras maestras. Pese al apoyo irrestricto que Obregón dispensó a su tarea, cuando fue claro que Plutarco Elías Calles sería el próximo Presidente, Vasconcelos renunció a la SEP. Le quedaría el pesar, dijo años más tarde, de haber participado en un gobierno de asesinos.

Pretendió sin éxito ser gobernador de su natal Oaxaca. Su candidatura apenas levantó el vuelo, pero lo preparó para el otro momento estelar de su vida, la búsqueda de la Presidencia de la República en 1929, recogiendo las banderas maderistas contrarias a la reelección. Aunque Calles no pretendió mantenerse directamente en la Presidencia -como quiso hacerlo Obregón en un afán que le costó la vida- era claro su propósito de ejercer el poder mediante gobernantes peleles. Contra esa pretensión se alzó Vasconcelos, que con ese afán y su prestigio de educador generó una insólita movilización civil, perceptible sobre todo en las ciudades. Su esperanzadora candidatura fue aplastada por el aparato del naciente partido oficial, que no vaciló en asesinar a militantes de la nueva fe democrática. Lo venció Pascual Ortiz Rubio, el segundo presidente aparente del Maximato, después del interino Emilio Portes Gil.

Los partidarios de Vasconcelos lo abandonaron en su propósito de protestar con las armas contra la imposición. Y tuvo que marcharse al exilio. Volvería siendo otro.

El Mañana

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Acerca de Leo Agusto

Periodista mexicano en el papel de columnista político.
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