Los asesinos que nos dieron patria / Gabriel Zaid

Pocas personas saben algo de sus tatarabuelos, menos aún de sus antepasados de hace siglos. Hay algo noble y épico en reconstruir la historia de cualquier familia; y los aristócratas, por razones nobles o prácticas, fueron los primeros interesados en tener presente su pasado y asumirlo orgullosamente, con los retoques necesarios.

Alex Haley democratizó ese interés. Investigó sus orígenes y supuestamente los encontró en una aldea de Gambia, donde 200 años antes Kunta Kinte fue secuestrado y vendido como esclavo en Maryland. La historia novelada de su familia (“Roots: The saga of an American family”, 1976) resultó ser en parte el plagio de otra novela, pero fue un bestseller que vendió millones de ejemplares, se convirtió en una serie de televisión y popularizó la búsqueda de raíces. Surgieron expertos, cursos, libros y hasta programas de computación para ayudar a las familias a rastrear sus orígenes. Es de suponerse que muchas abandonaron la investigación al encontrar detalles embarazosos.

La novelización de los orígenes (estudiada por Cornelius Castoriadis en “La institución imaginaria de la sociedad”) es milenaria. De las tribus pasó a las aristocracias y de éstas a la historia oficial de los Estados modernos. En el siglo XIX se multiplicaron los himnos nacionales, las banderas nacionales, los gloriosos orígenes nacionales, las grandes fechas nacionales y las figuras instituidas como Padres de la Patria. En el siglo XX, al retirarse las potencias coloniales, los nuevos Estados inventaron sus propios orígenes gloriosos, se dieron de alta en las Naciones Unidas y construyeron gloriosos aeropuertos internacionales, para que las visitas supieran que llegaban a un país importante, de antiguas raíces, pero plenamente moderno.

El historiador Luis González habló irónicamente de la “historia de bronce” que ha prevalecido en México, y mostró algo distinto al escribir la microhistoria de su pueblo natal: San José de Gracia, Michoacán (“Pueblo en vilo”, 1968). Es una historia sin orígenes gloriosos ni episodios monumentales, cuyo verdadero protagonista es la vida cotidiana. Pero la vida cotidiana, laboriosa, constructiva, llena de pequeños triunfos creadores, nunca estará en letras de oro en la Cámara de Diputados, donde está el nombre de Francisco Villa y muchos otros asesinos.

El 26 de enero de 1988, Australia celebró el bicentenario de su fundación. Hubo protestas indígenas, alegando (con razón) que Australia ya existía cuando llegaron los primeros colonos británicos; que la fecha celebraba una invasión. Pero lo más notable del asunto es quiénes habían llegado a fundar la colonia: asesinos y otros criminales que, en vez de ser colgados, fueron desterrados a pasar el resto de sus días en aquel remoto lugar. El origen glorioso del Estado australiano es un penal, como las Islas Marías. Es de suponerse que muchos australianos lo toman con humor, aunque algunos proponen cambiar la fiesta nacional a una fecha menos embarazosa.

Miguel Hidalgo en 1810 hizo cosas que no se pueden tomar con humor, como abandonar el fomento de talleres artesanales, viñedos y la crianza de gusanos de seda para lanzarse a “coger gachupines”; y usar la imagen de la Virgen de Guadalupe para legitimar un movimiento que degollaba civiles prisioneros. Fue un irresponsable, como Francisco I. Madero en 1910, cuando abandonó la lucha cívica para legitimar un movimiento donde destacaron asesinos como Rodolfo Fierro (el de “La fiesta de las balas” narrada por Martín Luis Guzmán).

El historiador Enrique Krauze ha propuesto no celebrar en el 2010 esas dos fechas sino dos largos siglos de construcción nacional. Tiene razón. La repugnancia que hoy se tiene a la guerra debe extenderse a las guerras civiles. El 16 de septiembre de 1810 y el 20 de noviembre de 1910 no son fechas gloriosas. Interrumpieron, en vez de acelerar, la construcción del país. Destruyeron muchas cosas valiosas. Causaron muertes injustificables. Lo que los indios, mestizos y criollos habían venido construyendo después del desastre de la Conquista alcanzó un nivel sorprendente en el siglo XVIII, que se perdió con los desastres de la Independencia y la Revolución.

Destronar unas cúpulas para que suban otras es inevitable, y puede ser deseable, pero no a costa de la sangre de los que no están en la cúpula, ni del caos de la vida cotidiana, ni de las destrucciones absurdas. Brasil se sacudió el dominio portugués sin una guerra de independencia. España se sacudió la dictadura franquista sin otra guerra civil.

México no empezó hace 200 años. Los verdaderos Padres de la Patria no son los asesinos que enaltece la historia oficial, sino la multitud de mexicanos valiosos que han ido construyendo el país en la vida cotidiana, laboriosa, constructiva y llena de pequeños triunfos creadores.

El Mañana

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Acerca de Leo Agusto

Periodista mexicano en el papel de columnista político.
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5 respuestas a Los asesinos que nos dieron patria / Gabriel Zaid

  1. Toriz dijo:

    No cabe duda: en ocasiones la reacción porta la máscara de la erudición. Las cosas son más complejas de lo que el maniqueísmo de Zaid señala. Ni hablar.

  2. El señor Zaid tiene todo el derecho a expresarse, que bueno que lo haga. Pero nosotros tenemos derecho a expresarnos también y en verdad me sentí un poco decepcionado con la forma simplona en que toca temas tan complejos. LLamar asesinos a Hidalgo y a Villa es válido, ¿Quén no lo es? ¿AMLO, Calderón, Gordillo, etc? El problema que parece no querer entender es que cuando se vive bien como él, no se quieren cambios, pero si diario tienes hambre, entonces te juegas la vida.

  3. Gerardo Adolfo dijo:

    Sorprende la simpleza conque una persona preparada e inteligente como Gabriel Zaid (he recomendado al menos un libro suyo y lo sigo releyendo), aplica juicios históricos sumarios, calificando negativamente a personajes que en su momento tomaron un papel relevante de las luchas populares en momentos cruciales como la independencia y la revolución, momentos en que las condiciones no admitían tersuras sociales, claro que es importante conocer y hacer valer la verdad de todo ello, pero también con sus pros y contras. Finalmente si la evolución de las sociedades, los países el mundo, pudiera existir sin la acumulación de contradicciones y sus consecuentes explosiones no tendríamos que pasar por esas turbulencias y la historia (y sus personajes destacados) sería de terciopelo)

  4. De ninguna manera pretendo sustraer la esencia del escrito del maestro Zaid, como tampoco el de los comentarios que se desprenden de el, pero si puedo hacer una interpretación de uno y los otros.
    Para a académicos e intelectuales (Reaccionarios o revolucionarios eso es lo de menos)los estudios de la historia ofrecen una gama de opciones para satisfacer cualquier afinidad moral o política sin embargo, la constante de las personas que han peleado por hambre a sido vivir efímeramente en el curso de la rotación de elites, esto no quiere decir que los lideres de los movimientos fueran buenos o tuvieran malas intenciones lo cierto es que fueron asesinos y de muchas maneras entorpecieron el desarrollo del país. Y eso al menos debería de ser considerado para buscar un objeto de celebración más general y objetivo.

  5. Alfredo García dijo:

    En la vida cotidiana que enlatece Zaid, también hay nota roja y asesinos crueles y gratuitos. El hubiera no existe, como todos sabemos, y el Chichonal, Sanjuanico y los terremotos de 1986 destruyeron tanto como cualquier revolución. Lo mismo puede decirse de los accidentes automovilísticos. Una historia sin sangre, sin despotismo, sin asesinatos, sin demagogia, es simplemente imposible. Ni siquiera las películas de Disneylandia son de terciopelo, como al parecer desea Zaid.

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