Voto nulo: ¿síntoma o enfermedad? / Luis Carlos Ugalde

Si el llamado trasciende después del 5 de julio en un movimiento nacional contra la partidocracia, entonces la protesta será transformadora

Foto: Leonel Rocha / Archivo

En la salud y en la política es importante distinguir entre el síntoma y la enfermedad. Un catarro es el síntoma, no la enfermedad. Esta se llama gripe o influenza. Para curarla se requiere atacar el virus, no poner tapabocas. Lo mismo ocurre en la vida democrática de México. La campaña por el voto nulo no es la enfermedad, sino la manifestación de una enfermedad profunda que requiere un diagnóstico para saber sus causas, su magnitud y poder curarla.

Un buen médico busca erradicar los síntomas de una enfermedad mediante una medicina que mate el virus. En esa tónica, un buen político debe observar el síntoma (hartazgo ciudadano), y en lugar de condenar sus manifestaciones (llamado a anular el voto), debe encontrar la medicina adecuada.

La reacción de algunos políticos y analistas frente al llamado para invalidar el sufragio asemeja la diferencia entre el médico que receta una medicina y el que sólo pone un tapabocas. El primero analiza, reflexiona, hace pruebas de laboratorio y encuentra la medicina apropiada. El segundo busca acallar la enfermedad combatiendo sus síntomas, más no sus orígenes.

Hay un enorme malestar con los resultados de nuestra democracia electoral. Así como ésta detonó el cambio político en los ochentas y noventas y produjo equilibrio de poderes, mayor transparencia y una mayor libertad política, lo cierto es que el cambio político por medio de las urnas está llegando a su límite. La alternancia generó competencia, participación ciudadana, crítica pública y menos abuso del poder. Pero ese modelo ya no es suficiente para las transformaciones que México requiere. La gente está frustrada.

A fines del siglo pasado se generó la expectativa de que la alternancia sería la solución a los problemas políticos de México. Era la ilusión de los votos. Buena parte de los analistas e intelectuales, como Gabriel Zaid, presagiaban el fin del PRI y el nacimiento de una nueva República. Era la teoría del inquilino: cambias de huésped y la casa se renueva por sí misma. La medicina (alternancia) resolvería la enfermedad (impunidad). Sin embargo, el inquilino cambió, pero no la estructura de la casa. Los problemas permanecieron, algunos se matizaron y otros empeoraron.

Los inquilinos también se rotaron en el Congreso, las gubernaturas, las presidencias municipales y las delegaciones del Distrito Federal, pero muchos de ellos sólo mostraron los mismos defectos: tendencia a la corrupción, mala administración, soberbia política y desdén por la voz de los ciudadanos. Por ello, la ilusión del cambio político por medio de las urnas se fue extinguiendo.

Buena parte de quienes critican el voto nulo se quedan en la periferia del problema. Algunos lo atribuyen a conspiraciones. Otros siguen enamorados de los votos, en lugar de analizar sus limitaciones para producir gobiernos eficaces y responsables. Reitero: soy defensor de la vía electoral, pero esa vía, útil como ha sido, ya es insuficiente por sí sola para combatir la impunidad y la partidocracia.

Los partidos no han diagnosticado la enfermedad y tampoco recetado la medicina apropiada. Ninguno ha respondido con claridad y contundencia al reto del voto nulo mediante ofertas concretas para desterrar la desconfianza y transformar a la partidocracia en un sistema que responda a los
ciudadanos.

Ante el malestar responden con soberbia: conspiradores, malos mexicanos, no entienden. Su recomendación es votar y sólo votar. Pero el trato es desigual. Los mexicanos han votado por ellos en los últimos años y han recibido poco a cambio. ¿Para qué votar una vez más por candidatos que nunca regresarán a rendir cuentas? ¿Para qué votar si los votos reales, aquellos que se emiten en el Congreso, no corresponden a los anhelos de los ciudadanos de carne y hueso?

Para que la pluralidad política que dan los sufragios se traduzca en un sistema que responda al interés ciudadano, se requiere una cirugía mayor. Los votos tradicionales (por el mejor o por el menos malo) ya no garantizan el cambio esperado. Los partidos viven en un sistema que los protege del castigo ciudadano. Anular los votos y rechazarlos tampoco garantiza que cambien. ¿Qué hacer?

El movimiento por el voto nulo es una manifestación del hartazgo, pero es coyuntural. Ese movimiento requiere no sólo de protestas, sino de acciones de solución después del 5 de julio. La protesta es fácil, pero las soluciones requieren de la acción ciudadana permanente. Anular votos es rechazar el sistema; pero lo que requerimos es reconstruirlo.

Si el llamado al voto nulo se nutre de propuestas concretas de cambio, podrá ser una semilla democrática. Si el llamado se transforma después del 5 de julio en un movimiento nacional a favor de la democracia y contra la partidocracia, la protesta será transformadora. Si el voto nulo sólo es una medida de rechazo puede causar un daño mayor. Si sólo se busca una revancha la medida puede causar más desencanto y más cinismo. Anular o votar no es el problema, sino exigir después del 5 de julio que todos los partidos emprendan la ruta del cambio. Dudo que lo hagan.

Tengo más esperanza de que la magnitud del hartazgo facilite la acción colectiva de ciudadanos quienes, al igual en el tema de la inseguridad, salgan a las calles a protestar y generen costos políticos a los partidos que no atiendan el malestar. El enojo con los partidos puede ser un catalizador que ayude a que los mexicanos presionen a los partidos más allá del 5 de julio. Será en las calles y en internet donde el cambio puede surgir; no veo que provenga del voto tradicional.

En lo personal iré a votar. Pero creo que debemos escuchar el hartazgo y no condenarlo. Lo condenable es el mal diseño que permite que a cinco semanas de las elecciones no haya un partido que haya retomado el llamado al voto nulo como una oportunidad para plantear cambios de fondo. Ninguno. ¿Por qué habrían de hacer los cambios que la gente demanda si ni siquiera les interesa hacer propuestas concretas para combatir el enojo ciudadano? Los ciudadanos quieren médicos que combatan la enfermedad, no repartidores de tapabocas.

*Catedrático del ITAM. Fue consejero presidente del IFE entre 2003 y 2007.

luiscarlos.ugalde@prodigy.net.mx

Milenio

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Acerca de Leo Agusto

Periodista mexicano en el papel de columnista político.
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