La política conspira contra la economía / Liébano Sáenz

En este espacio desde hace tiempo hemos compartido la preocupación por la salud de la economía del país. La estrategia de comunicación del gobierno federal fue la de no activar la desconfianza frente al escenario adverso para que ésta, a su vez, no se volviera un elemento adicional que agravara la situación; seguramente ese fue el explicable propósito del gobierno. La estrategia dio un aceptable resultado: en la gente hubo menos preocupación sobre la economía respecto a su situación personal o la del país, hasta que lo más severo de la crisis se hizo presente.

Las malas noticias sobre la economía han sido el común denominador de la semana, aunque hay dos aspectos positivos: signos de mejoría en la economía internacional en el mediano plazo y la relativa recuperación del peso frente al dólar. Casi todo lo demás apunta a los efectos de la recesión. Afortunadamente no hay inflación o debacle del sistema financiero, como ha ocurrido en el pasado. Pero las cifras son incontestables: estamos en una muy difícil circunstancia, a deteriorarse aún más por el fin del seguro sobre el precio del petróleo y la baja en la recaudación. Se aplaudía la estrategia anticíclica del gobierno bajo la ilusión de que nadie tendría que apretarse el cinturón; ahora debemos pagar todos un poco para salir de la crisis o los costos serán elevadísimos en el corto y largo plazos. Lo que es inviable es no hacer nada, o que sean unos pocos –los mismos de siempre– los que paguen.

Lo que se hizo en el pasado, después de las dificultades de 1994-95, ha permitido que la crisis no haya afectado al sector financiero. De igual manera fue importante el seguro sobre el precio del petróleo. Sin embargo, no se ha hecho lo suficiente. Quizás lo más costoso es que se han dejado pasar dos oportunidades para resolver el insostenible régimen hacendario. Bajo estándares internacionales México es uno de los países que menos invierte en desarrollo social e infraestructura, precisamente porque tiene uno de los regímenes recaudatorios más ineficientes del mundo. No es que los impuestos sean bajos, son elevados, pero muy pocos soportan la carga fiscal. Es inmensa la proporción de la economía que no paga impuestos, lo que plantea no sólo un problema de finanzas públicas, también de justicia y de cultura de legalidad.

¿Qué es lo que hay que hacer frente a la crisis? A nada conduce ignorarla. Los coordinadores del PRI en el Senado y en la Cámara de Diputados, quizás, más movidos por un injustificado sentimiento de agravio que en función de una genuina preocupación, han reaccionado a lo dicho por el ex Presidente Zedillo para atender el grave problema de las finanzas públicas. Zedillo habló con el mismo talante de responsabilidad con el que siempre actuó como gobernante y en su calidad de profesional de una disciplina que ha practicado en el taller de la realidad, como un economista que sabe bien que la solución de los problemas económicos no puede regatearse ni posponerse sin correr el riesgo de que la situación se deteriore aún más y, sobre todo, que se pase el costo de lo no realizado a las nuevas generaciones. Zedillo puede ser cualquier cosa, menos un irresponsable.

No es nuevo que la política conspire contra la economía. Ocurrió cuando el PRI gobernaba y ahora cuando es oposición en el Congreso o, si se quiere, cuando el PAN era oposición y cuando es gobierno. El hecho y las cifras económicas así lo revelan; México es de los países con menor crecimiento en la región latinoamericana, situación que empezó a configurarse en los primeros años del gobierno del Presidente Fox y que continúa hasta hoy día. La desconcentración del poder no ha generado gobiernos más responsables o con mayor respaldo para cumplir su tarea frente a la economía.

Los primeros tres años de este gobierno muestran el regateo permanente de apoyo por parte del Congreso. La propuesta de reforma fiscal –degradada desde el momento de su propia redacción para hacerla viable– fue modificada y no pudo cumplir con los propósitos que la motivaron. Semejante situación se presentó con la reforma energética; sí hay avances, pero no fueron suficientes ni por mucho para resolver el problema de fondo del sector energético. Es explicable que el gobierno y los legisladores aprecien esas reformas como un gran paso. Empero la realidad no se puede soslayar y hay que encararla con decisiones legislativas, las que, ciertamente, pueden ser impopulares, incómodas y hasta inoportunas, pero tan necesarias como urgentes.

El momento  electoral es el menos propicio para debatir sobre la necesidad de una profunda reforma hacendaria. Es común que los partidos eludan la cuestión, incluso que anticipen un voto negativo. El debate mismo se dificulta porque es evidente que la gente no quiere un cambio que sólo signifique mayores impuestos. Esto ocurre, también, porque existe la impresión de que un gobierno con mayores recursos no necesariamente significa un mejor gobierno, tesis que se acredita con el dispendio y la corrupción, que la creencia popular remite a los políticos.

El mejor camino para una solución de fondo es un pacto de todos los sectores, no sólo de los políticos, para definir el contenido de los cambios legales en materia fiscal. Las medidas deben tener una aplicación gradual, para no gravar de un solo golpe a la economía familiar, como ocurrió en 1995. Esto debe acompañarse de varios compromisos colaterales, como es el de la rendición de cuentas y una mayor transparencia tanto del sector gubernamental y paraestatal, como también de los partidos políticos, el Congreso y el Poder Judicial federal. En el mismo sentido debe haber un compromiso medible y concreto por una política de austeridad en materia de gasto.

La política no puede conspirar contra la economía. La realidad no puede someterse a los apetitos de poder personal o de grupo, tampoco a los calendarios de conveniencia. Para quienes tienen la responsabilidad legislativa es fundamental tomar en serio los problemas, darles respuesta, aunque sea impopular. Importa el 5 de julio, pero importa más lo que le sigue.

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Acerca de Leo Agusto

Periodista mexicano en el papel de columnista político.
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