Vecinos distantes / León Krauze

Algo muy curioso pasó en México como consecuencia de la crisis por la influenza AH1N1: una parte fundamental de nuestra narrativa colectiva se vino abajo. Resulta que, en la mitología mexicana, el desdén y la falta de solidaridad vienen invariablemente del norte, nunca del sur. Son los “pinches gringos” los que, si bien nos va, nos ignoran o, en el peor de los casos, nos maltratan. En cambio, si de empatía se trata, basta mirar al sur, donde nuestros “hermanos latinoamericanos” serán siempre los primeros en comprendernos y tendernos una mano amiga.

Algo muy diferente ha ocurrido en las semanas en las que México ha vivido clínicamente embozado, aguantando bien que mal los estragos de un virus nuevo e impredecible. A pesar de que, dado el enorme flujo de personas entre ambos países, el mayor riesgo de contagio naturalmente podía darse con Estados Unidos, el gobierno de Barack Obama estuvo a la altura de la nueva solidaridad que había prometido en México apenas unos días antes y se abstuvo de tomar medidas severas. Más allá de los protocolos elementales de cooperación, Washington mantuvo abiertas las fronteras y, con la excepción de un par de torpezas cortesía del vicepresidente Biden, manifestó un apoyo irrestricto a México. Incluso los gobiernos locales estuvieron a la altura. En Nueva York, sede del mayor brote de la enfermedad en Estados Unidos, el alcalde Michael Bloomberg despidió a una asesora cercana después de que ésta publicara un artículo en el que describía a México como un país de “armas, drogas, secuestros y fiebre porcina”. En suma, México no recibió, de Estados Unidos, más que gestos solidarios.

Historia muy distinta han sido nuestros “hermanos del sur”. A los pocos días de anunciado el brote epidémico de influenza, los gobiernos de Perú, Ecuador, Argentina y Cuba anunciaron el cese de vuelos comerciales al país. De inmediato, la decisión despertó una polémica considerable y una amargura aún mayor. No ha faltado quien señale que México haría lo mismo en caso de enfrentar una epidemia similar en países vecinos. Ya veremos cuando eso ocurra.

Otros hablan de la imprudencia del gobierno mexicano, que optó por no quedarse callado ante las medidas “sanitarias” (hermoso eufemismo nacido probablemente en China) de los involucrados. Algo tienen de razón, sobre todo en el caso del presidente Calderón: no había necesidad de tomar el micrófono y llamar “muertos de hambre” a los pobres haitianos, que rechazaron la ayuda alimentaria mexicana por temor a la influenza. Y por último están los que han dicho que el rasgado de las vestiduras mexicana ante la falta de solidaridad no es más que una muestra más de lo resentidos que somos. “Los mexicanos siempre andamos como jarritos de Tlaquepaque”, me decía una radioescucha hace unos días en referencia a una artesanía local particularmente frágil. Puede ser que lo seamos. Hay, sin embargo, un agravante que, a mi entender, justifica la molestia mexicana: la ciencia.

Para el momento en que los cuatro gobiernos latinoamericanos optaron por cerrar sus fronteras a los mexicanos, la Organización Mundial de la Salud ya había declarado ineficaz la medida. Para la OMS, que es, después de todo, la autoridad global en el asunto, el cierre de fronteras resultaba improcedente. Así lo explicaba, en plena crisis, Gregorie Hartl, portavoz para epidemias del organismo: “poner controles en las fronteras no sirve (…) lo más indicado es mitigar la enfermedad en los lugares donde aparezca”. Hartl agregó que la OMS había llegado a esa conclusión después de la experiencia con la gripe aviar china, hace un lustro. ¿Por qué decidieron ignorar la evidencia científica los gobiernos latinoamericanos? En el caso de Perú y Ecuador, quizás fue por mera precaución.

Lo de Argentina y Cuba es, a todas luces, otra cosa. El gobierno que encabeza Cristina Fernández no necesitaba otra crisis, mucho menos sanitaria. Después de todo, tiene entre manos una epidemia de dengue con más de 20.000 infectados. Lo que sí necesitaba, evidentemente, era un distractor. ¿Y qué es un desplante de mala vecindad cuando lo que está en juego es el futuro político de uno y del marido de uno? Nada. En Cuba, mientras tanto, Fidel Castro aprovechó la aparente cancelación de la visita del presidente mexicano para soltar una teoría de la conspiración digna de la Guerra Fría: México sabía de la influenza desde mucho antes de la visita de Barack Obama al país pero se guardó la información por obvias razones. Ahora, dijo un Castro muy diplomático para su edad, otros países deben pagar nuestros “platos rotos”. ¿Cómo explicar lo del Comandante? Como le escuché decir a Ricardo Pascoe, ex embajador mexicano en Cuba, el desplante es clásico Fidel: para fortalecerse dentro de Cuba hay que inventarse un escándalo fuera de la isla, sin importar ciencia y vecindad (e invaluable deuda histórica, en el caso del Fidel del Granma).

En cualquier caso, la historia aún está por escribirse. Pero mientras eso pasa, se me ocurre una conclusión. El único gesto de rechazo sudamericano que los libros registrarán como inaceptable es la negativa del Nacional de Uruguay y el Sao Paulo de Brasil de venir a México a jugar la siguiente ronda de la Copa Libertadores, el gran torneo de clubes del continente. Que se cierren fronteras contra toda evidencia científica golpeando la imagen de un país que atraviesa por una guerra contra el narcotráfico y una tremenda crisis económica es una cosa. ¿Pero atentar contra el futbol? Eso sí es imperdonable.

*Periodista y comentarista de la Segunda Emisión de Hoy por Hoy, en W Radio de México.

El País

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Acerca de Leo Agusto

Periodista mexicano en el papel de columnista político.
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