PRD: 20 años, el fracaso / Ricardo Alemán

¿Qué es el PRD, a dos décadas?

Es lo que siempre criticó del PRI

Con una pizca de autocrítica y honestidad intelectual, ninguno de los políticos de la llamada “izquierda mexicana” —con todo lo que eso quiera decir— puede negar que a dos décadas de su nacimiento está muerto el más ambicioso proyecto político electoral de esa tendencia gestado en México, conocido por todos como PRD.

Pero precisamente el problema empieza desde el principio. Resulta que pocos de esos líderes, políticos y gobernantes que se dicen de izquierda son honestos, y aun menos aceptan la autocrítica. La mayoría practican con singular alegría la deshonestidad intelectual —no se diga la deshonestidad a secas—, y algunos de sus prohombres del intelecto han llegado al extremo de asegurar públicamente que ninguna izquierda en el mundo practica la autocrítica. ¿Por qué lo tendría que hacer el PRD? Cínico argumento para justificar el fracaso.

Viene a cuento el tema porque el pasado 5 de mayo se cumplieron 20 años del nacimiento formal del PRD, proyecto histórico de la izquierda mexicana para acceder al poder, sacar al PRI de Los Pinos y empujar la democracia —que era el punto angular— precisamente a través de una “revolución democrática”. Si bien en su sigla el PRD llevó parte de su ideario, lo cierto es que en su composición partidista y en su desempeño —en y por el poder— cavó su tumba. El PRD de hoy es el más vergonzoso y doloroso fracaso político de la llamada izquierda. Y de su historia, claro.

¿Qué es hoy el PRD?

Los cínicos de siempre dirán que el proyecto nacido hace dos décadas sigue vivo, que las mafias pretenden su destrucción, que les arrebataron el poder. Pero más allá de cinismos, los perredistas que aún conservan una pizca de honestidad intelectual y capacidad autocrítica —que los hay— reconocen que ese partido se convirtió en lo que siempre criticó. Es decir, que el PRD de hoy es todo aquello que cuestionaron sus fundadores del PRI. Hoy vive en el PRD todo aquello por lo que el PRI debía dejar el poder, según la izquierda de ayer.

Lo más grave, sin embargo, es que se ha olvidado, ignorado, traicionado y tirado a la basura todo por lo que valió la pena llamarse de izquierda, irse al monte y tomar las armas; la memoria y el homenaje a las vidas que dieron cientos o miles de luchadores sociales de la causa de la izquierda, la persecución y la guerra sucia… todo eso no sirvió de nada al final del día —a la vuelta de dos décadas—, porque hoy el PRD es igual o más antidemocrático, rapaz, corrupto y clientelar que el PRI.

Sus líderes fácticos o morales, jefes, mesías y gobernantes son igual o peor de cínicos, farsantes, mentirosos y deshonestos —en el intelecto y en lo práctica— que los viejos y nuevos jefes del PRI. ¿Y cómo se le puede llamar a eso? A todas luces es un fracaso político, pero en el fondo es el más grande fracaso cultural en la historia de la llamada izquierda mexicana; corriente política que se enamoró de su enemigo, secuestrador, y que terminó por llevar en todas sus células la genética del PRI.

Desde 2001 aquí dijimos que el PRD había sido picado por una fea enfermedad conocida como síndrome de Estocolmo —porque se enamoró de su secuestrador, el PRI—, pero luego descubrimos que el asunto era mayor, que el PRI en realidad convirtió al PRD en su principal y más rentable colonia. Es decir, que la transición democrática dentro de los partidos fue más de artificio que real; que si bien el PRI perdió el poder, en el fondo colonizó con sus peores prácticas no sólo al PRD, sino al PAN y a toda la chiquillería, de tal suerte que hoy el PRI es dueño o tiene una influencia determinante en todos los partidos políticos, en los órganos electorales, en los tres poderes y en buena parte de los gobiernos y congresos estatales.

En los hechos, más que una transición democrática, intramuros, de los partidos, se produjo una vergonzosa —aunque exitosa para el PRI— colonización que alcanzó a todo el sistema político. Hasta antes de 1997 la práctica política priísta era una suerte de virus maligno que sólo podía ser combatido con el potente antiviral que era la democracia, fuera en la vida nacional, fuera intramuros de los partidos. Ante el reflector público, todos se daban golpes de pecho, se alejaban del PRI, no fuera a ser que los contagiara de su virus antidemocrático, corrupto, clientelar… pero en lo “oscurito” todos los partidos tuvieron amoríos con el PRI. ¿El resultado? El que hoy vemos. Todos llevan la genética del PRI.

¿QUIÉN Y CUÁNDO EL MEA CULPA?

La gran pregunta, en todo caso, es a futuro. ¿Quién y cuándo empezará el proceso de revisión de ese escandaloso fracaso? ¿Quién será el valiente en decir “esta boca es mía” y llamar a las cosas por su nombre? La interrogante es oportuna, sobre todo por el penoso espectáculo que desde Cuauhtémoc Cárdenas, pasando por Andrés Manuel López Obrador —sin dejar fuera a ninguna o ninguno de los próceres— nos ofrecen casi todos los perredistas a propósito del libroescándalo de Carlos Ahumada —superados los videoescándalos—, que los muestra como asustados ratoncitos pillados por el reflector público.

Casi todos corren a esconderse, niegan lo que todos saben, reniegan del sentido común, de sus espectáculos públicos y sus ridículos privados; hasta se llaman perseguidos. ¿Cómo estarán en el PRD, que un pillo y corrupto como Ahumada fue capaz de doblar las potentes torres que sostenían honestidades valientes y revoluciones democráticas? Si tuvieran un poco de vergüenza, no llegarían al cinismo de validar el complot pero negar que fueron parte de las raterías. Pero de eso hablaremos en otro momento.

EN EL CAMINO

Cuestionables y todo, negociantes y todo, transas y todo, los dueños del futbol pusieron el ejemplo. ¡Qué pena!

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Acerca de Leo Agusto

Periodista mexicano en el papel de columnista político.
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