Bendita informalidad / Gabriel Zaid

Cuando los funcionarios públicos, líderes sindicales y empresariales se quejan de la informalidad y desean que todas las empresas cumplan con todos los requisitos legales, fiscales, laborales y administrativos; que tengan personal calificado, tecnología de punta, competitividad internacional; que paguen buenos salarios y dispongan de créditos baratos a largo plazo; desean algo bellísimo.

Si el consenso es tan amplio, ¿por qué no se realiza? Porque no es posible que todas las empresas operen como si fueran grandes. Porque avanzar en esa dirección cuesta más de lo que produce.

Porque lo “bellísimo” no es generalizable.

Las trasnacionales mexicanas se han vuelto competitivas internacionalmente, hacen grandes inversiones en tecnología de punta, operan con sistemas de administración avanzados, pagan buenos salarios y buscan la más alta productividad laboral.

Precisamente por eso, no pueden resolver el problema del empleo. Usan muy poca mano de obra, equipada con grandes dosis de capital. No les parece excesivo invertir un millón de pesos para crear un empleo.

En el extremo opuesto, un microempresario dispone de muy poco capital (digamos, 10 mil pesos para crear un empleo), por lo cual tiene que invertirlo en algo rudimentario pero muy rentable, que se recupere en semanas.

No importa que el equipo requiera grandes dosis de mano de obra (que, por lo mismo, tiene que pagar con salarios bajos de su familia, de otros y de sí mismo).

Tampoco puede pagar controles administrativos, cuyo costo es desproporcionado para el tamaño de las operaciones, lo cual implica que tiene que hacerse cargo personalmente del control, en buena parte de memoria.

En cambio, puede pagar intereses elevados, porque aprovecha el crédito en inversiones de corto plazo, muy lucrativas.

Un microempresario que se vuelve grande (llega a suceder) dispone de 100 o mil veces más recursos, pero se enfrenta a una situación completamente distinta; y puede fracasar si no cambia su forma de operar.

Tiene que delegar y llevar controles formales. Tiene que pagar mejores salarios y prestaciones. Por lo mismo, tiene que ahorrar mano de obra, sustituyéndola con inversiones en maquinaria y procesos automáticos, lo cual es imposible con créditos a corto plazo de intereses elevados, como antes.

Necesita créditos baratos y de largo plazo.

Por otra parte, los mercados de grandes volúmenes no son la simple acumulación de pequeños mercados. Son mercados diferentes: con otras líneas de productos, canales de distribución y sistemas de venta, todo estandarizado.

Los mercados donde se opera en grande son impersonales, a diferencia de los mercados que exigen atención personal del dueño del negocio. Es su ventaja y su desventaja.

Muchas microempresas viven de explotar oportunidades que son despreciables, cuando no inaccesibles, para las grandes. Así sucede que una gran empresa compre una pequeña, la “modernice”, la burocratice y la arruine.

Los sistemas impersonales pueden resultar inadecuados y ruinosos en pequeña escala.

El proceso de sustitución de mano de obra por capital es normal, y está más avanzado en los países ricos, donde la acumulación de capital es tan grande que bajan las tasas de interés y suben los salarios, reflejando las abundancias respectivas (hay menos brazos y más capital).

De hecho, en los países ricos, el reparto del PIB favorece a los salarios frente al capital. En los países pobres, sucede al revés: el capital gana más que el trabajo, porque falta capital y sobra mano de obra.

La solución obvia para estas disparidades consiste en favorecer las inversiones en pequeño, que son más productivas y generan más empleos. Si el mercado fuese perfecto, el capital debería fluir automáticamente de donde produce menos a donde produce más.

Que esto no suceda implica que el mercado no es tan perfecto. Por una serie de razones mitológicas, culturales, políticas y hasta sentimentales se admira lo gigantesco y despilfarrador, no lo pequeño.

Para la conciencia moderna, los intereses altos son agiotismo, los salarios bajos son explotación, el gigantismo es el progreso y las operaciones en pequeña escala son el atraso.

Esta manera de pensar impide la solución y prolonga la disparidad.

En las guerras entre burócratas, una táctica destructiva es cumplir al pie de la letra con todos y cada uno de los requisitos de la normatividad. La misma táctica se usa para molestar o extorsionar a los ciudadanos.

Los burócratas saben perfectamente que el país quedaría paralizado si todas las normas legisladas o decretadas se aplicaran. Lo cual no impide que se inventen más, incluso reglas contra el abuso de las reglas.

Pero en todo sistema de reglas hay situaciones imprevistas que no se pueden decidir correctamente con las reglas. Menos aún, cuando las reglas están inspiradas por utopías bellísimas.

Hace falta sentido común, pero ¿dónde encontrarlo?

La informalidad es una bendición incomprendida que despierta sentimientos equivocados. Es el refugio del sentido común.

El Mañana

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Acerca de Leo Agusto

Periodista mexicano en el papel de columnista político.
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