Ahumada / Raynundo Riva Palacio

Carlos Ahumada era un empresario que siempre se veía joven y pulcro. Siempre, también, con pantalones de mezclilla y botas vaqueras, solía viajar en la parte de atrás de su Mercedes Benz 600, gris plata y blindado, aunque ocasionalmente manejaba él mismo su BMW rojo escarlata. Hablaba con muchas palabras obscenas y en forma atropellada, pero tenía una persuasión que a veces parecía imposición, con una dialéctica aprendida en las calles, donde su batalla no era por sobrevivir, sino por convertirse rápidamente en millonario.

No es un tipo de finos modales. Al contrario. Argentino de nacimiento, había llegado a joven a México, y sin provenir de los arrabales, se comportaba como si toda la vida hubiera tenido que salir adelante en la selva sin ley. Si estaba callado, pasaba por alguien introvertido de una personalidad insignificante, que no despertaba atención alguna. Pero cuando hablaba, se notaba. Solía explotar la carcajada desde el estómago, cuya sonoridad hacía imposible que pasara desapercibido en los restaurantes donde le gustaba ir. Era cuando el ambiente lo llenaba él, auto suficiente, envalentonado ante la vida, que se resumía en la ecuación de hacer política para hacer negocios.

El restaurante japonés Suntory, en el sur de la ciudad de México, era su favorito. Ahí llegó a tener una especie de cuartel de operaciones alterno para sus reuniones -algunas de las cuales viodeograbó- con quienes eran los dirigentes del PRD, en los tiempos en que Rosario Robles era su líder nacional. Después, cuando ya la había enamorado, la llevaba al restaurante francés Au Pied de Couchon, en el lujoso hotel Intercontinental, donde no era inusual que sus cuentas de cenas acompañadas de Petrus superaran los 60 mil pesos. Repartió dinero por años a políticos. No buscaba el poder, sino estar cerca de los poderosos para lucrar de ellos.

Ahumada nació en Córdoba, aunque no le queda huella del acento cantadito de los cordobeses. Aunque su apellido Kurtz revela raíces alemanas en su familia, Ahumada siempre se portó más como un italiano, cínicamente amoral. A mediados de los 80 llegó a México a los 14 años de Argentina, invitado por su hermano Roberto, quien ya dirigía una empresa paraguas de inversionistas. Carlos estudiaba contaduría en la UNAM y trabajó en auditorías a Imevisión en los tiempos de Pablo Marentes, de donde fundó con su hermano su primer negocio de cría y engorda de pollos y pavos, además de sembrar calabacitas de exportación.

Con las ganancias hizo una compra misteriosa de una mina de oro y plata en Arcelia, Guerrero, “La Soriana”, que realmente no producía utilidad alguna. Pero ese negocio le permitió asociarse con el entonces gobernador José Francisco Ruiz Massieu, en un negocio de legumbres, quien lo respaldaría tiempo después cuando una sociedad con Roberto terminó en un pleito entre hermanos. Carlos entró a la cárcel acusado de delitos patrimoniales en 1994, de lo cual logró salir sin pasar mucho tiempo tras las rejas, para enfilar su furia contra Roberto, quien pasó mucho tiempo más en prisión, viendo como su hermano menor lo despojaba de sus bienes.

Tras esos episodios, compró un par de camiones de volteo y empezó a rentarlos para limpiar despojos en algunas delegaciones del Distrito Federal. Ese negocio floreció a finales de los 90, cuando fundó su compañía constructora Quart, que fue beneficiaria de contratos durante la administración de Cuauhtémoc Cárdenas y Rosario Robles, a quien nunca conoció como jefa de Gobierno. Pero cuando Robles ya era presidenta del PRD y se acercaban las elecciones de 2000, sin dinero suficiente para la campaña, otro perredista cercano a ella, Ramón Sosamontes, le presentó a Ahumada, quien ofreció ser mecenas del partido.

Robles fue con el entonces candidato al gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, a quien le confió que había encontrado a un empresario que financiaría la campaña. Hazlo, le respondió López Obrador, pero no me digas nada más. López Obrador y el PRD arrasaron aquél año la capital, y Ahumada comenzó a recolectar, amores y obras. La historia de amor interesado entre Robles y Ahumada, buen merecería una novela, por lo extravagante, por lo excesivo.

Una mañana en Berlín, donde se encontraba para un encuentro de partidos, Robles recibió una llamada a su habitación. Era Ahumada, quien la invitaba a tomar café. Cuando regrese a México, le dijo, nos lo tomamos. No había porqué esperar, respondió Ahumada, quien se encontraba en el lobby y había viajado a Alemania sólo para verla. Robles se sorprendió, pues apenas si lo conocía. Ahí empezó todo.

Un poco más adelante, la llamó súbitamente y le dijo que enviaría el helicóptero por ella, que la transportó a Toluca, donde tomó su avión hacia -ella no sabía-, República Dominicana. Al llegar a Santo Domingo fue transportada en otro helicóptero al destino turístico de lujo de Punta Cana, donde aterrizó el helicóptero en un jardín, donde decenas de velas formaban un camino hacia una mesa con velas, para una cena junto al mar. Al final del camino estaba Ahumada. Robles cayó enamorada.

De ahí en adelante, la relación fue shakespeariana. Metafóricamente, Ahumada le quitó el morral del hombro y le puso bolsas Gucci, le quitó las sandalias y le colocó zapatos Prada. Dejó el Volkswagen para manejar un BMW, que despertó tanta sospecha que un día Cárdenas le sugirió ser más discreta. Se fue a vivir a una casa que le dio Ahumada en San Ángel que había sido de la hija de Diego Rivera y le armó toda una logística que la trepó a la velocidad de la luz de nivel socioeconómico.

Valió la pena la inversión en ella, si se analizara el costo-beneficio. Entre 2000 y 2003, las empresas de Ahumada recibieron contratos del Gobierno del Distrito Federal por mil 500 millones de pesos. Nada mal. Pero para Robles, fue el inicio de su desgracia. Su matrimonio se desmoronó, y de entre las intimidades familiares surgieron las primeras indiscreciones sobre los hoyos financieros en los que tenía Robles al PRD, que terminaron en las primeras planas de los periódicos y dieron pretexto político a sus enemigos en el partido para atacarla.

Pero como antes, volvió a recurrir a Ahumada, quien volvió a financiar las campañas del partido. “Sus triunfos me los deben a mí”, solía fanfarronear. Profundizó su tarea de mecenas de políticos, de todos los partidos y en varias partes del país, y entre el amor y el negocio, se metió a la disputa por la candidatura presidencial del PRD para 2006. López Obrador no dudó: para cortar el financiamiento a Cárdenas, había que neutralizar a Ahumada.

Después de eso, la historia de Ahumada se convirtió en una tragedia. Del cenit al nadir. La persecución lópezobradorista lo llevó a la cárcel por delitos de corrupción que finalmente se cayeron en los tribunales, pero estuvo preso en México, luego de que huyó a Cuba, donde el gobierno de Fidel Castro, enemistado con el de Vicente Fox, lo traicionó y lo entregó. Ahumada, el todopoderoso, se dio cuenta cómo era sólo una ficha de cambio. Una pieza desechable. Y hoy, tras publicar un libro sobre su versión de esos hechos, despreciado colectivamente por todos, salvo por unos cuantos. Dice estar arrepentido de muchas cosas que hizo, pero su soberbia y la exagerada autoestima de sí mismo que contribuyeron a su caída, quizás todavía le nuble la mente. Su ignorancia del quehacer político, que lo ha perseguido siempre, marcó un destino que apenas ahora se va a dar cuenta que, desde hace mucho tiempo, le fue asignado. Ahumada es violento, atrabancado, amenazador, dominante. Pero sobretodo iracundo, cuando las cosas no van conforme a sus deseos. O sea, las pasiones que refleja en ese libro.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx

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Acerca de Leo Agusto

Periodista mexicano en el papel de columnista político.
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