El factor miedo y la Influenza / Liébano Sáenz

Inesperada, como todas las catástrofes, se disparó la amenaza de la epidemia influenza humana. Las autoridades nacionales y locales actuaron con determinación. Al advertir la magnitud del riesgo, del daño potencial, la población actuó en consecuencia. En cuestión de horas se alteró la vida cotidiana de millones de personas sin mayor resistencia o dificultad. El miedo fundado y bien administrado es el mejor recurso para que la población se involucre en la atención a un problema que requiere de una amplia participación de individuos y colaboración de autoridades.

Los sondeos de opinión revelan que en las zonas de mayor amenaza, los ciudadanos avalan las medidas restrictivas de las libertades. Ciro Gómez Leyva lo decía el pasado jueves con claridad y sorpresa que comparto: la mayoría de la población respalda la determinación de las autoridades federales y las del Valle de México como fue disminuir la actividad económica para evitar situaciones de posible infección. No hay enojo, tampoco resistencia porque hay miedo.

El mensaje del Presidente Calderón del pasado miércoles por la noche ha sido el más importante de su administración y, posiblemente, de su trayectoria política. Convincente y muy a tono con las inquietudes de la población. El país tiene conducción y el Estado mexicano muestra capacidad para enfrentar uno de los problemas más graves. El jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard; el gobernador del Estado de México, Enrique Peña; y el de Nuevo León, Natividad González Parás, coincidieron en convocar a la población a través de los medios televisivos para explicar e involucrarla en un esfuerzo conjunto para abatir la amenaza. Las personas advierten colaboración, no competencia.

En la comunicación la mayor dificultad ha sido el tema de las cifras. La imprecisión tiene explicación: por una parte, no hay manera inmediata de diferenciar los casos posibles de influenza humana respecto a los confirmados; por otra parte, las cifras son dinámicas, van cambiando con el tiempo y conforme se van integrando datos de otros estados o regiones. Las autoridades debieron prever un esquema único de contabilidad, de consulta pública, para así evitar la confusión que se presentó al inicio.

La población, en su mayoría, no cree en la veracidad de los números oficiales sobre la gripe. No sólo es un tema de confusión, también de ancestral escepticismo. Lo importante es que considera, en una buena proporción, que la asumida verdad que se oculta es porque la situación es todavía peor; la ventaja de este escepticismo o reserva es que propicia un mayor cuidado de la población y promueve la participación en las medidas preventivas, pero también tiene un efecto negativo como han sido los brotes esporádicos de pánico. No han faltado quienes lo ven como mero invento o ardid publicitario. Afortunadamente este grupo es claramente minoritario y su posición se descalifica por la información misma, no siempre proveniente de una sola autoridad, ni siquiera de un solo país.

Las autoridades han tenido dificultad en comunicar que todo el esfuerzo se centra en evitar la propagación del mal, se trata de una acción preventiva frente a una amenaza. Por ello no se pueden justificar o comparar los costos y el esfuerzo con el número de decesos o de los hospitalizados. Lamentablemente, los costos humanos y económicos de las acciones emprendidas están todavía por conocerse. Más allá del trato prioritario que merece la salud, la alteración a la vida cotidiana de las personas es un tema menor, respecto al deterioro en los ingresos, la pérdida de empleos o el cierre de empresas. La industria turística, generadora de empleo, vive su peor momento; las dificultades en las finanzas púbicas por una reforma fiscal pospuesta, no dan mucho margen para un programa de pronta y efectiva rehabilitación de los sectores económicos afectados.

Es posible y deseable que la próxima semana el país recupere buena parte de su actividad. Pero ya no será un regreso a la normalidad previa, la emergencia habrá de extenderse por meses y muchas cosas habrán de cambiar. Lo de las elecciones y las campañas es un tema que debe abordarse con serenidad y sin doble juego. Es razonable que los partidos pongan a disposición de las autoridades el tiempo de radio y tv para que se utilice en la campaña informativa en materia de salud. Por otra parte, la situación hace evidente la inoperancia de haber prohibido constitucionalmente que los gobernantes puedan aparecer en imagen o voz en los medios electrónicos. En su momento señalamos que era una enorme imprudencia; una situación como la que ahora se padece hace irrecusable el error. El acuerdo o consenso sobre la conveniencia de que el Presidente, los gobernadores o el jefe de gobierno del DF aparezcan recurrentemente en los medios no resuelve el problema de legalidad. Así ocurrió porque la reforma electoral de 2007, se hizo al margen de una efectiva deliberación.

Hasta el momento ha sido ejemplar la conducta de las personas, pero no hay que perder de vista que su fundamento está en el temor. Una vez que se disipe no sólo podría afectar el consenso que las autoridades han alcanzado en su desempeño, sino que puede modificar la participación y el involucramiento de las personas.

Las autoridades deben apostar a la información, confiar en la inteligencia de las personas y su capacidad para inferir que el riesgo estará presente hasta que no exista vacuna que inmunice, hecho que habrá de llevar mucho tiempo, meses, quizás años. Un rebote o brinco puede alterar el esquema de consenso y la credibilidad de las autoridades y de las acciones emprendidas. Por ahora, no hay lugar para la promesa de regreso a la situación anterior, simplemente porque la amenaza persiste. La población habrá de coexistir por largo tiempo con el miedo de un resurgimiento de la epidemia, lo que debe servir de sustento para que las personas continúen con medidas preventivas, complicadas por las formas propias de convivencia de la vida moderna.

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Acerca de Leo Agusto

Periodista mexicano en el papel de columnista político.
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