Chapo duranguense / Carlos Loret de Mola

Los informes de inteligencia del Ejército, la PGR, Seguridad Pública y el Cisen coinciden: El Chapo Guzmán se esconde en Durango.

No se puede decir “vive”, estrictamente hablando, pues según los documentos oficiales a los que este reportero ha tenido acceso en los últimos meses, Joaquín Guzmán Loera no tiene una residencia fija, sino que utiliza varias viviendas y ranchos.

Sin embargo, un rancho en Durango es el sitio donde la autoridad tiene reportes más frecuentes de personas que aseguran haberlo visto. Por eso cuando el obispo de dicho estado, monseñor Héctor González Martínez, declaró que “más adelante de (del municipio de) Guanaceví, por ahí está El Chapo, también por ahí vive” a nadie sorprendió demasiado. No es que en la PGR no lo vayan a citar a declarar por negligentes, sino porque eso ya lo sabían.

Cuando el fallecido José Luis Santiago Vasconcelos era el zar antidrogas, contaba que la Secretaría de la Defensa y la Procuraduría General montaron un operativo para dar con El Chapo porque uno de sus informantes les había dicho que estaba en esos días en su rancho de Durango.

La reacción oficial fue rápida, pero no lo suficiente. Los soldados de las fuerzas especiales declararon al volver que cuando llegaron a bordo de los helicópteros, vieron desde el cielo cómo El Chapo y los suyos se subieron a unas cuatrimotos y se perdieron en la sierra.

Para huir de los grupos de élite que buscan ejecutar las varias órdenes de aprehensión que tiene en su contra, El Chapo emplea dos vías: corrupción y simpatía.

Los servicios de inteligencia gubernamentales han detectado, desde el sexenio de Fox, las fuertes sumas de dinero que el cártel de Sinaloa invierte en sobornar policías, funcionarios y militares. Y paralelamente, el capo más buscado en México cuenta con una “base social” (así la define la autoridad): ciudadanos que a cambio de protección o dinero tienen la encomienda de reportar a distintos teléfonos cualquier movimiento inusual que vean; así, taxistas, ambulantes y hasta sexoservidoras fungen como ojos del narco para dar aviso de presencias policiacas o militares distintas a las habituales.

En la medida en que la droga la distribuyan amas de casa, que los jóvenes dejen la escuela para volverse sicarios con tal de vivir como reyes unos cuantos años, que no ser corrupto sea para un agente federal un riesgo y no al revés, que los pitazos los den taxistas, comerciantes y prostis, que el gobierno tenga que combatir a su propia sociedad gobernada y no sólo a los criminales de siempre para acabar con el narco, la lucha se les estará complicando y los capos podrán, entonces sí, “vivir” con relativo confort.

SACIAMORBOS

Cuando supo que su obispo dio la polémica declaración, al gobernador se le atoró la paella en la gira.

El Universal

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Acerca de Leo Agusto

Periodista mexicano en el papel de columnista político.
Esta entrada fue publicada en Durango, Iglesia Católica, Impunidad, Ineptitud, Narco. Guarda el enlace permanente.

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