Una semana no tan santa / Roberto Blancarte

La religión no parece preocupar a muchos, más que en Semana Santa. En esta ocasión, algunos medios recuerdan que formal, aunque no oficialmente, en estos días se descansa por razones que, por lo menos originalmente, tienen que ver con la religión. Pero ésta parece haberse refugiado en el folclore y el llamado turismo religioso que examina las procesiones con el ánimo del observador externo. Es un fenómeno parecido al de la mayoría de las catedrales europeas; se han convertido en lugares turísticos, espacios para exposiciones o sitios de admiración por su arquitectura, su historia y en general por lo que allí sucedió en épocas pasadas. Y no es que la gente ya no sea religiosa. Lo que sucede es que ya no lo es como antes se era, o como los jerarcas y dirigentes de las iglesias querrían que se fuese: la práctica semanal se ha vuelto irrelevante y con mayor razón la asistencia a los momentos principales del calendario litúrgico. La pasión de Cristo en Iztapalapa es un espectáculo para cientos de miles, en efecto. Pero es precisamente eso, un espectáculo, no una celebración o ceremonia religiosa.

De todas maneras, no debemos confundirnos. La religión no va a desaparecer. Que la gente se haya ido a la playa y que se olvidara del significado de la Semana Santa no quiere decir que dejará de tener creencias, católicas o protestantes. Lo que tenemos que entender es que la religión no se concentra en los rituales tradicionales, sino que está en las muy diversas formas de concebir al mundo y su relación con alguna forma de trascendencia. Mucha gente, por lo tanto, se olvidará del sufrimiento de Jesús de Nazaret en la cruz, pero luego regresará a su casa, a su trabajo y seguirá pensando lo que quiera pensar sobre la educación, los valores, el aborto, la eutanasia, la ética en las investigaciones sobre células madre, la intervención de los obispos en asuntos electorales y muchos otros temas. Por decirlo de otra manera, la religión no está ya primordialmente en las iglesias, si es que alguna vez lo estuvo. Se encuentra en la manera de entender al mundo y nuestra relación con él. La religión no tiene que ver primordialmente con el más allá, sino con el más acá.

Si ya casi no encontramos a la religión por ningún lado, no es que ya no exista, sino que no sabemos dónde buscarla. Los medios de comunicación se preocupan por la religión en Semana Santa y en Navidad, empezando por el día que se conmemora las apariciones, según la tradición católica. Pero eso es puro espectáculo. Al grado de que ahora el asunto se ha convertido en “el día de la Virgen” y el momento cumbre de la ceremonia, para la gente, son “Las mañanitas” a la Guadalupana, luego de las canciones rancheras. Eso es en lo que la jerarquía católica ha convertido a la religión; en un espectáculo. No es nuevo. Es la herencia de la contrarreforma y el barroco, donde se prefirió la imagen a la reflexión.

La secularización, contrariamente a lo que durante mucho tiempo se pensó, no eliminó a la religión. Simple y sencillamente la transformó, la privatizó relativamente y la confinó a ser una esfera de acción más junto con otras, como la de la política, la economía, la cultura o la ciencia. Desde entonces, la religión existe en su propia esfera y se mezcla cuando puede con las otras. Se trata de inmiscuir en política, quisiera dictar un orden moral a la economía, poner límites a la ciencia, poner límites por razones doctrinales a la libertad de expresión, establecer sus reales a través de la educación, etcétera. Pero la secularización va en sentido contrario. Empujada por el deseo de salvaguardar la libertad de conciencia del individuo, pone a la religión en un lugar protegido de cualquier influencia externa. Y para que nadie la toque, la religión tiende a quedarse en la conciencia de cada quien, por lo que deja de ser un asunto público. Eso es lo que permite a tantas personas lidiar desde la playa o desde su casa de campo con sus creencias, sin tener que asistir a misa o a cualquier ceremonia religiosa.

Ciertamente, en años recientes hemos redescubierto que las religiones tienen también un aspecto social, que hay un regreso de éstas a la esfera pública y que ello no siempre es nocivo para la vida en comunidad, siempre y cuando éstas entiendan que ya no pueden dictar sus cánones al conjunto de la sociedad. Pero eso no ha eliminado el proceso de privatización religiosa. Así, la gente sabe que no requiere necesariamente una intermediación para alcanzar la salvación o alguna forma de trascendencia. No necesita ir a la iglesia ni requiere permiso para tomar sus propias decisiones en materia religiosa. Se va pues a la playa, tranquila. Si medita sobre la pasión o se emborracha en Semana Santa, es una decisión privada. Si, por el contrario, decide conmemorar de manera colectiva una fecha religiosa, es también una opción personal. Pero lo más importante es que la conciencia, protegida por el Estado frente a cualquier tipo de presión o coerción externa, puede decidir cosas que van en contra de la doctrina establecida o las costumbres del grupo social en el que está inserto. La religión sigue estando allí, pero ya no funciona como antes. No se tiene que vivir de acuerdo con ciertos dictados eclesiales. Se puede vivir en la paz de cada conciencia o de cada inconciencia.

blancart@colmex.mx

Milenio

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Acerca de Leo Agusto

Periodista mexicano en el papel de columnista político.
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Una respuesta a Una semana no tan santa / Roberto Blancarte

  1. Erick Antonio Ochoa dijo:

    Estimado Dr. Blancarte:

    Así como se transformó el uso del tiempo libre con la revolución industrial, también sucede hoy con la Era digital.
    Desde mi parecer las creencias – éticas, morales y religiosas – se ven trastocadas por el trabajo y las relaciones personales. En ambas tiene que ver el tiempo libre.

    Un abrazo

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