
Hace unos días, el lunes 28 de abril, mi compañera de toda la vida y yo fuimos al mercado del barrio en que vivimos hace más de treinta años. Y como teníamos la idea de preparar para la comida una tortilla española de huevo y papa, compramos un kilogramo del sabroso tubérculo. Pagamos por ese kilo diez pesos.
Supongo que si hubiéramos ido a la central de abasto, con toda seguridad habríamos pagado por el kilito de patatas (como dicen los españoles) bastante menos de diez pesos. Ocho o siete, quizás.
Pero una semana después alguien sugirió para la comida pollo rostizado. O, dicho en buen español, pollo asado al pastor. Mi compañera, la Chinita, fiel a la añeja costumbre, tuvo a bien comprar las tradicionales papas en hojuelas. No había más que papitas fritas de marca. Y adquirimos una bolsa grande de 170 gramos por 23.50 pesos.
Casi sin saber por qué, empecé a hacer comparaciones entre el precio de las papas crudas en el mercado de la colonia y el precio de las fritas de bolsita. Y pude constatar que frente a los diez pesos del kilo de papas crudas, el de bolsita, de cualquier marca, cuesta 138 pesos. Trece veces más. Una diferencia de precios de 1380 por ciento. ¡Mil trescientos ochenta por ciento!
Y ocurre, como le consta a cualquiera, que es muy grande la demanda de papitas fritas de bolsa. Y quien dice alta demanda, dice alto consumo. Y quien dice alto consumo está diciendo que existen millones de personas con ingresos suficientes para comprar un alimento con un sobreprecio de más de mil por ciento.
Pero el enorme sobreprecio que paga el consumidor por ese kilo de papas (138 pesos) parece abismal cuando se sabe que el salario mínimo en México es de sólo (más o menos) cincuenta pesos. De modo que para adquirir un kilo de papas fritas de bolsa son necesarios casi tres días (2.76) de faena de un trabajador de salario mínimo.
Y si el amable lector coincide conmigo en que un sueldo más o menos normal de un empleado de oficina o de comercio es de alrededor de 4 mil pesos mensuales, ello quiere decir que gana por día 133 pesos. De modo que un día de salario no le alcanza para comprar ese kilo de papas fritas (138 contra 133).
Así que no entiendo cómo alguien puede quejarse de la carestía del arroz, del huevo, del frijol, de la leche o de la carne, y no repara y no se queja del bárbaro precio de un producto de enorme consumo popular. Algo, sin duda, anda mal en la economía nacional y mundial.
Y algo anda muy mal, sin duda, en nuestras propias cabezas. Algo que nos impide darnos cuenta del abuso del que somos víctimas. Y lo que es peor: un abuso del que somos gozosos cómplices.





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