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Hielo (¿o fuego?) en el Bosque de Tlalpan

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Marco Provencio

Una sociedad desarrollada es tan justa y próspera como desarrolladas sean a su vez sus organizaciones civiles. Más aún, puede llegar a ser tan justa y respetuosa como justo y respetuoso sea el trato entre gobierno y gobernados, entre autoridades y ciudadanos. La época en la que el Estado pretendía hacer de todo, o en la que todos esperaban todo de él quedó atrás. Muchos celebramos que así haya sido, no sólo porque se menospreciaba el valor del individuo y de la libertad frente al incontenible (entonces) predominio del Estado en cualquier resquicio de la vida pública, sino porque el modelo paternalista del Estado generó más problemas que los que deseaba eliminar.

Así pues, eso que llamamos “vida pública” tiene ya algunas décadas que viene cambiando en nuestro país, generalmente para bien mas no sin sobresaltos. Tomemos un caso reciente en la Ciudad de México: el bosque de Tlalpan y las diferentes visiones que se tienen de dicha área entre sociedad y gobierno local.

El bosque de Tlalpan ocupa una superficie de 253 hectáreas al sur de la ciudad. Es un pequeño paraíso terrenal producto de la generosidad de la familia Lenz, la que hace ya más de medio siglo encontró un cerro pelón que con entrega y sacrificio logró convertir en bosque. En 1968, la propiedad pasó a ser patrimonio del entonces Departamento del Distrito Federal y se abrió al público en 1970. Doce años después surgió la asociación civil de los Corredores del Bosque de Tlalpan, la que se ha encargado desde entonces de coadyuvar en el cuidado del bosque y de organizar diversos eventos deportivos de gran reconocimiento en la ciudad.

Como toda organización civil que haya sobrevivido el paso del tiempo y crecido en reconocimiento, los corredores del bosque de Tlalpan se han beneficiado de mucha gente que ha donado su tiempo desinteresadamente y comprometido sueño, sueños e ideales en cuidar un predio que está catalogado desde hace diez años como “área natural protegida”. Esto implica que en el bosque “sólo se podrán realizar actividades tendientes a la conservación de sus ecosistemas naturales, restauración ecológica, mantenimiento de áreas verdes y espacios abiertos…”, según señala la declaratoria emitida por el entonces presidente Zedillo el 24 de octubre de 1997.

Pero como de todo hay en la viña del señor, no a todos tiene por qué gustarles ni el ejercicio ni el disfrute de la naturaleza. Algunos sólo corren detrás del dinero, del trago o de las mujeres (o de los tres). Otros dirán “¿que qué? ¿Salir a trotar y que me caiga un rayo o me colapse aún en perfecto estado de salud?”. Al astronauta Neil Armstrong se le atribuye haber dicho “yo creo que Dios nos otorgó a cada quien un número finito y determinado de pulsaciones del corazón; ¡no seré un tonto gastándolas corriendo!”. Por ello, y seguramente por muchas cosas más, no todo mundo ve y respeta el bosque como el santuario de vida que es.

Ahora, como contagio de la fiebre del hielo del Zócalo y con el ejemplo de que las autoridades pueden privatizar los espacios públicos para adecuarlos a sus propios fines, el delegado en Tlalpan, Guillermo Sánchez Torres, propone colocar una pista de hielo en el estacionamiento del Bosque de Tlalpan. Al parecer sería de un tamaño menor que la recién desmontada en el Zócalo “y no se talarían árboles”, dice el delegado. Pese a ello, tanto la asociación de corredores del bosque de Tlalpan como los vecinos de la zona han manifestado su preocupación y, de diversas maneras, buscado revertir la decisión de las autoridades para preservar el bosque y su entorno, por un lado, y proteger el entramado y los espacios urbanos, por el otro.

Caso curioso el nuestro. En cualquier otra urbe del mundo con las carencias de áreas verdes como el DF, las autoridades locales serían las primeras en cortejar a los grupos de ciudadanos que se organizan con el fin de promover la protección de dichas áreas. En nuestro caso, sin embargo, las prácticas clientelares o asistencialistas que aún se mantienen impiden que las organizaciones civiles se desarrollen a plenitud y que se genere un trato justo y respetuoso, de beneficio mutuo, entre autoridades y sociedad civil organizada. La preocupación del señor Sánchez Torres por desarrollar actividades de interés para los habitantes de su delegación es de reconocerse, pero no puede ni debe llevarse a cabo menospreciando no sólo una declaratoria presidencial sino, además, la posición de quienes generosamente han hecho mucho por preservar un bosque que es de todos o la de los vecinos que entendiblemente no quieren ver el Zócalo desfilar frente a su casa.

Publicado en Milenio Diario aquí 

Written by Información Política Confidencial

Enero 25, 2008 a 1:22 pm

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